Leyendas de historia, la estela romana hallada en Dombellas

Marisol Encinas
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Excepcional por su rareza, lo que cuenta, su significado... y porque aún perviva

Leyendas de historia, la estela romana hallada en Dombellas

Hace un tiempo, una persona de elevado espíritu me dejó pensativa ante una pregunta: ¿Les hablas a las piedras? En respuesta debo afirmar que, muchas veces, son esas piedras las que hablan. Este es el caso de la estela de Dombellas, hoy conservada en el Museo Numantino. Como trataré de justificar, es una pieza excepcional por su rareza, por lo que cuenta, por su significado y hasta por el propio hecho de que, afortunadamente, hoy aún perviva.
Su rareza. Se trata de una estela romana, hallada en Dombellas, que fue reutilizada en la Edad Media para trazar en ella una inscripción. Este hecho ya plantea diferentes interrogantes, no siendo el menor de ellos saber dónde se encontraba la pieza en los tiempos medievales para que alguien decidiera utilizarla con dicho fin. Por cercanía, la asociación instintiva nos lleva, en primera instancia, a algún cementerio del entorno numantino. Sin embargo, la superficie ocupada por el epígrafe medieval es la misma que, en su caso, debería ocupar el texto romano y esta zona de la pieza, no está repicada. Esto quiere decir que, quizá, la estela nunca cumplió su función en una necrópolis romana, sino que nos encontramos ante una pieza semielaborada de algún taller, anepigráfica, que quedó a la espera de un destinatario. Ello llevaría a ampliar el territorio más allá de Numancia, orientándonos hacia algún taller, probablemente próximo a una cantera, ubicado en algún punto del norte de la provincia.
Por lo que cuenta, también es una pieza excepcional, ya que enlaza la historia y la leyenda. Cita a un tal Muño Sancho, relacionado con Hinojosa, y habla de un enfrentamiento con los almorávides y de la muerte de sesenta hombres, pidiéndose por ellos una oración. Estos datos encajan con la leyenda de Muño Sancho de Hinojosa, no solo recogida por textos modernos, sino también conservada en un manuscrito del s. XIII (Archivo del Monasterio de Santo Domingo de Silos y en otro del del s. XIV (Real Academia de la Historia). La leyenda lo describe como un rico hombre, buen cazador y gran guerrero contra los musulmanes, un señor de setenta caballeros. Según estas narraciones, un día se encontró con una pareja de musulmanes, Aboadil y Allifra, que iban a casarse. Él y su esposa, María Palacín, les acogieron en su palacio para que celebraran el enlace. Con el tiempo, Muño y sus caballeros lucharon contra los musulmanes en Almenar y, en la contienda, Muño perdió un brazo, lo que no le desanimó para seguir luchando hasta que él y sus caballeros perdieron la vida. En ese momento, sus almas aparecieron en Jerusalén, ya que habían prometido en vida realizar este viaje. Enterado Aboadil de la muerte de Muño, y en contraprestación por haberle acogido el día de su boda, entregó el cuerpo del difunto a su mujer, y ambos lo llevaron al Monasterio de Silos, enterrándole a la derecha de donde se había inhumado a Santo Domingo. Con el tiempo, otros miembros de la familia fueron enterrados junto a él. 
Muchas veces las leyendas tienen un poso de una historia y, bajo el adorno, se esconden algunos puntos conectados con la realidad histórica. De hecho, Muño existió y existen noticias ciertas de su tumba y de la de los miembros más cercanos de su familia en el monasterio de Silos. Se encuentra entre los antepasados de individuos tan ilustres como Martín de Finojosa o Rodrigo Jiménez de Rada. Entre las ramas de esta familia aparecen otros individu­os vinculados a la «reconquista» en Andalucía, Aragón, o Extremadura; incluso, andando el tiempo, las crónicas indican su paso a América. Indudablemente, en tan insigne familia se multiplican las páginas de historia, pero también los ecos de la leyenda. Tanto es así que existen unas «cónicas trujillanas» del s. XVI que incluso hacen a este señor soriano primo del Cid Campeador, anacronismo que, sin duda, es buena muestra de esa mezcolanza con que se componen las leyendas. 
En cuanto a lo que significa, varios son los motivos de su rareza. Por un lado, atendiendo a la fecha que aparece grabada en ella, la era de 1143, es decir, el año 1105, estamos ante uno de los epígrafes medievales más antiguos de la provincia de Soria, solo superado en antigüedad por el que aparece en uno de los canecillos de la iglesia de San Miguel de San Esteban de Gormaz. El segundo motivo tiene que ver precisamente con el primero, ya que habla de una época aún oscura en el territorio soriano: los primeros compases de la llamada reconquista, la delimitación de áreas de influencia, los movimientos y reorganización de población y las estrategias de los ricos hombres en este contexto para aumentar su poder. En su día defendí, como hoy, que la Hinojosa a la que se refiere la estela en cuestión es Hinojosa de la Sierra, aunque luego la familia terminaría extendiendo sus intereses hacia el sector más oriental de la actual provincia. Avalando esta línea, tenemos las figuras de otro Nuño Sancho, este casado con Marquesa, muerto en 1206 y enterrado en Santa María de Huerta. Existen documentos por los cuales se sabe que este matrimonio donó ciertas tierras a los vecinos de Hinojosa, Villanueva (enclave desconocido), Langosto, Vilviestre y Derroñadas (enclaves cercanos a Dombellas) para que con su aprovechamiento y rentas se hicieran memorias anuales por su alma, y una ermita bajo la advocación de San Benito. Precisamente este sector noroccidental de la provincia de Soria es aún desconocida para la investigación altomedieval, ya que nada se conoce de su evolución durante ese periodo. Por ello, la estela de Dombellas es una pieza clave.
Finalmente, es excepcional por haberse preservado. Cada vez hay una mayor sensibilidad hacia la conservación de piezas como esta, decoradas o con epígrafes, de cronología variada. Sin embargo, no siempre se les ha reconocido su valor histórico y cultural, reutilizándose para diversos usos, muchas veces constructivos. La noticia más antigua sobre la estela de Dombellas se remonta a principios del siglo pasado, cuando formaba parte de una puerta en la casa que D. Joaquín Febrel tenía en dicho pueblo. La intensa labor realizada por la Comisión Provincial de Monumentos por todo el territorio soriano consiguió preservar para el futuro numerosos bienes culturales. La estela de Dombellas es uno de ellos. Hasta allí se dirigió Blas Taracena con intención de realizar un calco de la inscripción y, tras diversas gestiones, entre 1921 y 1922, la estela se trasladó a Soria, quizá primero a las salas del Palacio de la Diputación, donde se encontraban las piezas del Museo Provincial, y luego a San Juan de Duero, tras destinarse este edificio a alojar la Sección epigráfica del Museo. Un último traslado la llevaría hasta el actual edificio del Museo Numantino, donde hoy sigue planteando interrogantes y contando su historia, una parte de nuestra historia soriana narrada con la belleza de una leyenda.