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Manuel Juliá

EL TIEMPO Y LOS DADOS

Manuel Juliá

Periodista y escritor


La huida

11/04/2022

Aspira el olor a tiempo gastado de la trinchera. Mira los días que se pierden en un baúl lleno de fotografías que nadie mirará. En la trinchera el barro llega hasta los huesos y el frío del invierno es una mano que te encoge el corazón. Sabes que estás en una trinchera porque sientes la vida como una guerra. Una guerra contra el entorno, lleno de ruido inútil, lleno de llamadas que no son las que esperas recibir; contra el tiempo, que se ríe del futuro, porque ahoga tus deseos, llevándote a otros que no habías pedido (serviebant tempori, dice Tácito); contra el trabajo que aceptas pero no sientes, no es la realización de tus sueños juveniles; contra el lugar que habitas, en el que has encontrado un acomodo, pero no te llena de luz y descanso cuando llegas derrotado.
Crees, como escribía Séneca, que la vida es una escuela de gladiadores en la que se aprende a pelear y a convivir. Pero cada cierto tiempo necesitas huir de la batalla, buscar un viento pausado que se deje respirar sin sobresaltos ni angustias. Te gustaría hacerlo cuando tu cuerpo mande el mensaje de que es la hora de retirarse, pero como no eres dueño de tu destino, lo haces en los días en los que el año echa sus cancelas, y la mitad de tu mundo se aleja de sí mismo.
Y ahora, en la época del dolor de Cristo, sales de tu trinchera para perderte en la soledad del campo, o en el bullicio del mar, que no es molesto como el rugido sobre el asfalto de las ciudades, porque allí la inmensidad del cielo libre ahoga el ruido, lo convierte en música de luz. Por unos días dejas tu vida y tu guerra y tu hambre de victoria por la serenidad profunda, que es estar contigo mismo y escuchar tus pensamientos.
Al principio te molesta, porque sois muchos los que huis de las mañanas sin sonrisas, pero en cuanto te alejas hacia ese vacío que hay más allá el cuenco de cemento del pecho se va diluyendo en el oxígeno puro. Cuando llegas a tu destino hay un aire de libertad en tus ojos que se expande por el cuerpo mientras miras el cielo azul y el camino de los pájaros.
Descubres que la soledad es como el colesterol, hay una buena y una mala: la mala es aquella que sientes rodeado de gente, metido en el metro, en el autobús o en una enorme habitación llena de mesas, sillas y ordenadores; la buena es la que sientes mirando el campo y el tiempo en un lugar en el que se olvidan los relojes y se recuerdan los momentos.
Quizá lo más hermoso de esa huida es que puedas encontrar tu imaginación, cercenada por el acoso terrible de la realidad. Y que sientas que tu cabeza pesa menos, que tengas la mente más ligera, más amplia, tan amplia que el mundo que ves cabe dentro de ti. Ofrece entonces piadosa gratitud al Creador porque la vida fluya como las ondas de un río sereno.