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Ilia Galán

LA OTRA MIRADA

Ilia Galán

Poeta y filósofo


El ángel de fuego

11/04/2022

Un ángel llega, juega con la niña y ésta le venera hasta el punto de que cuando crece se enamora, y entonces, aquel se esfuma, «nube, humo en el corazón». Aparecen luego los demonios a enturbiarle la vida, manifestándose con señales, pero diciendo que son «amigos». Así sucede a menudo en la vida cotidiana: miramos como quijotes con ojos imaginarios y luego la realidad nos baja a golpes del caballo. Claro lo tenía Jesucristo al entrar a Jerusalén entre alabanzas. 
También en la política pasa: los dictadores o los grandes infames no muestran, como el diablo, su peor rostro para seducirnos; al contrario. Basta ver El triunfo de la voluntad, de Leni Riefensthal, para descubrir que nada dicen ahí los jerarcas nazis de las atrocidades que luego acabarían cometiendo. Casi todo lo que proclaman podría ser dicho hoy y asumido hasta por partidos de izquierda. No suelen mostrarnos el peor lado, tampoco quien se arregla para salir de noche a seducir muestra su peor rostro, al contrario, ese llega tal vez a la mañana siguiente, ante la luz de un sol que nos despierta, quizás de todo tipo de sueños y ensueños. 
Coincidió la aparición del presidente de Ucrania en el Parlamento de España con las funciones en el Teatro Real de Prokofiev y El ángel de fuego, música de un ruso del siglo XX, nacido en la actual Ucrania, clásico ya con obras como Pedro y el lobo o Romeo y Julieta, además de con algunas sinfonías. Al comienzo, la orquesta tocó el himno nacional ucraniano. Todos en pie sentimos el sentimiento emocionado de un pueblo aplastado y la indignación ante las ciudades arrasadas, ante las matanzas y las desgracias que inútilmente se prodigan ahora por Europa. Desgracias que nos afectan con millones de exiliados que buscan refugio, huyendo de la gran destrucción y de la muerte, pero también porque en todas las partes los precios se alzaron como cohetes que alcanzan los cielos y no sabemos cuando bajarán, si lo hacen, con el ritmo de una pluma que lenta cae. 
El resultado es que entre las comunes gentes todos somos más pobres. Si ya estábamos golpeados por la gran crisis que nos inauguró al comienzo del siglo y luego se nos complicó con la pandemia del coronavirus, ahora llega la guerra y nos somete a todos a la escasez de productos y a innumerables problemas, aunque sus fronteras devastadas no parezcan estar tan cerca.
Es momento de hacer política de estado y unir a todos para salir de esta superposición de tragedias. Bien se quejan quienes han de rellenar los depósitos de sus automóviles o camiones, la mayor parte del precio, monstruoso, no viene de la guerra, sino de los impuestos, y así sucede con muchos asuntos, aunque lo quieran tapar echando las culpas a Bruselas.