Personajes con historia - Rodrigo Díaz de Vivar y de Mendoza

El más bello pecado del Gran Cardenal


Antonio Pérez Henares - 26/04/2021

«Fui el pecado de mi padre. Nunca debí ser concebido, ni nacer. Pero soy un Mendoza. Y ello, no es baladí. Hijo y nieto de los más grandes de la más grande casa de las Españas. Hijo del gran Cardenal, quien puso la cruz en la Alhambra y trajo a España el renacer del arte y del saber y nieto del mejor marqués, el primer Santillana, el poeta y el político, la pluma, la inteligencia y la espada. Esa es mi familia y aunque yo fuera hijo del pecado, en mi padre todo era grande, hasta sus faltas. No solo no las ocultó sino que las llevó a la propia Corte y allí hubo de ser la muy católica reina Isabel quien como hermoso pecado me bautizó».
 Si alguna vez, y no lo descarto en absoluto, escribo una novela de este fascinante personaje, les prometo que estas líneas serán su comienzo. Y estas que le siguen su continuación:
«Jugábamos mis hermanos pequeños y yo junto a los hijos de los reyes y de otros nobles de la Corte de Fernando, el aragonés, el rey a quien los Mendoza siempre admiramos, y la castellana Isabel, la reina a la que supimos servir, Trastamaras los dos, a quienes mi familia debe su haber y a quienes ellos deben no pocas veces el ser. Jugábamos los niños y entró alguien, no voy ni hacerle el honor de recordar su nombre, que me miró con abierto desagrado e hizo un ponzoñoso comentario sobre mí condición. No pasó aquello desapercibido a la reina, que bien quería a mi padre y al que tanto debía, y con una sonrisa se acercó a mí, me acarició con dulzura los rizos rubios de la cabeza y con una sonrisa y en voz bien alta proclamó ante la más alta nobleza de Castilla y de Aragón: ¿a qué son en verdad bellos los pecados del Cardenal?». 
«Se miraron condes y marqueses los unos a los otros, sonrieron casi todos y alguno llegó a no poder reprimir una corta carcajada. Rió la reina y rieron sus damas. Y el pequeño pecado del Cardenal, que era yo, miró a todos y luego siguió jugando con los hijos de los reyes, con los hijos de la alta nobleza, con los hijos de los grandes castellanos, porque el hijo del más grande tras los reyes, el más poderoso y el más temido y respetado en todo el reino era mi padre, Pedro González de Mendoza, y por más que fuera Cardenal y primero de España en Roma y de Roma en España, yo era su hijo primogénito, a quien había dado orgullosamente los apellidos de mi familia y a quien, señalando, enalteciéndome y enalteciéndolo a él, al más valiente de los guerreros castellanos de cuya sangre decíamos descender, el Cid Campeador, había puesto por nombre Rodrigo Díaz de Vivar. Yo era el pecado de mi padre, sí. Y un Mendoza. Y todo ha sido grande en mi familia. Nuestros pecados también».
Rodrigo Díaz de Vivar y de Mendoza tiene historia y argumentos, desde su nombre y nacimiento y no digamos su vida, sus peripecias, sus hazañas guerreras y ya no digamos sus caballerescos lances amorosos, ya no para una novela sino para dos y tres series de televisión. 
Es un personaje poliédrico, cargado de todos los matices, que vivió las más increíbles aventuras y que protagonizó la más apasionante historia de amor de toda su época que, incluso, le valió la pérdida de la gracia de la propia reina Isabel, muy enfadada por aquello con él. Sin contar con su relación con nada menos que Lucrecia Borgia, con quien tuvo intención de casar. 
El «más bello pecado del cardenal» nació en el año 1466 fruto de los amoríos de Pedro González de Mendoza con doña Isabel de Lemos, una dama de la corte, con quien tuvo otro vástago, Diego. El poderoso clérigo aún tuvo un hijo más, Juan, concebido con otra dama castellana, Juana de Tovar. Los tres se criaron y educaron en la corte y tuvieron desde siempre trato y deberes correspondientes con su rango.
Rodrigo descolló bien pronto en el oficio de las armas y fue nombrado capitán de las armas del arzobispado de Toledo, del que su padre era notoria y mitrada cabeza. Se ganó el puesto en la guerra de Granada tanto en el asedio de Alora (1484) como en la sufrida toma de Baza (1489), donde dio muestra de valor y tesón contra los muy aguerridos defensores nazaríes. 
La toma de esta estratégica plaza supuso que la petición de su padre de que se legitimara un mayorazgo en su persona tuvo respuesta positiva y generosa de los Reyes Católicos, donde se dispuso para él un gran patrimonio territorial que iba desde la localidad alcarreña de Jadraque, la granadina de Guadix a los que sea añadieron las baronías valencianas del Alberique, Alcocer y Alázquez.
 Para que nada le faltara se le proveyó de una sustanciosa renta anual, 20.000 maravedíes. Su ascenso culminó dos años después, uno antes de la toma de Granada, cuando se le otorgaron los títulos de marqués de Cenete y conde del Cid, este último un guiño más sobre su entronque cidiano y que, por ello hoy, la perfecta fortaleza de Jadraque, sea conocida como Castillo del Cid, por ser él quien le otorgó su porte actual, y no, aunque así lo piensen muchos, por el héroe burgalés, que no pisó por allí, aunque en El Cantar de Mío Cid sí lo hiciera su mano derecha, primo hermano o hermanastro, Minaya Alvar Fañez. Al fin y al cabo, todo quedaba en la familia. 
El interés de los Mendoza, poseedores de media Guadalajara, pagaron muy bien a los más doctos historiadores para que descubrieran los entronques genealógicos oportunos, amén del prestigio de tal antepasado servía también como legitimación del derecho a tan extensos territorios como zona conquistada por su antecesor a los moros. Con la toma de Granada los Mendoza alcanzaron la cúspide de su poder y entre ellos, sin duda, descollaba el hijo mayor del cardenal. 
«Avía servido don Rodrigo de Mendoça, señor del Castillo del Cid, y Estado de Xadraque y su tierra, desde su edad floreciente y antes de gozar del título de Marqués de Zenete, a los Reyes Católicos en todas las guerras y conquistas del Reyno de Granada, haziendo hechos de famoso capitán, mostrando en todo el valor de su persona y la clara sangre de sus mayores». (Diego López de Haro). 
Pero, don Rodrigo iba a sombrar también por una nueva faceta. No solo era un aguerrido caballero, que brillaba en el combate y en las justas sino también galante cortesano que lo convirtió en el más popular de la corte sobre todo entre las damas: Fernández de Oviedo, más afamado cronista de Indias describió así del marqués: 
«Su perssona fue tal e de linda dispusiçión que ninguno he yo visto tan bien dispuesto, ni tan galán ni tan agraçiado en quanto hazía, ni tan polido e gentil cortesano. ¡Qué afabilidad, qué lengua e qué hermoso ombre! [...] Y en todo de más estremada ventaja a todos otros mançebos de su prosapia».
Todo perfecto, pero agudamente añadía: «A bueltas de todo esto, era tenido por trauieso e mal sesado».
 Y las travesuras del marqués fueron las que estuvieron a punto de dar al traste con todo. Había contraído matrimonio con la hija y heredera de los duques de Medinaceli, Leonor de la Cerda en 1493. El matrimonio se estableció en sus dominios alcarreños, frecuentando el castillo de Jadraque y el resto de sus dominios. Un hijo, Luis, heredero de dos poderosas casas nobiliarias, parecía culminar su dicha cuando, de repente, todo se convirtió en muerte y tristeza. Primero, murió el niño en 1497 y al poco su madre. Don Rodrigo entonces quiso escapar de sus recuerdos y se unió al ejército que defendía en Nápoles los derechos del rey Fernando, dando de nuevo pruebas de su destreza y su valía en el combate. Pero también en otras lides, según escribe el gran historiador alcarreño, a quien se debe la mejor historia de los Mendozas, Layna Serrano: «En lides de guerra reverdeció viejos laureles cosechados en la de Granada siendo mozo, y con sus aventuras amorosas llegó a escandalizar la inescandalizable y corrompida Roma de los Borgias al punto de trascender su desenfreno a Castilla, donde prosiguió en idéntico plan con no poca ira de la reina Isabel que tanto le estimaba como a hijo del gran cardenal».
Fueron tales sus hazañas romanas que el papa español Alejandro VI, un Borja o sea un Borgia, a quien tales artes no le molestaban en absoluto, perpetró el casarlo con su propia hija, Lucrecia. Una hija de un papa casado con la hija de un cardenal no estaba, según parece, mal visto y menos cuando eso entroncaba al papado con la más poderosa familia, reyes aparte, de España. Pero la cosa no fructificó. Don Rodrigo se había enamorado. Totalmente enamorado. 
Pero, de quién no podía estarlo. Una Fonseca, María, sobrina del arzobispo de Sevilla, Alonso de Fonseca, ahora el más cercano a la Corona tras la muerte del Mendoza a quien su familia tenía decidido casar con un primo suyo, Pedro Ruiz de Fonseca, para no desperdigar el patrimonio familiar. Y lo peor de todo fue encima que, a pesar de una gran diferencia de edad, ella tan solo tenía 15 años, cayó también rendida y la locura de amor fue mutua y por ambos y por siempre compartida. Reyes y familias ordenaron a ambos, en pro de los entendimientos e intereses, que aceptaran lo decidido y que renunciaran a sus deseos. No lo hicieron y fue tal su perseverancia y desacato, enfrentándose a todo y a todos, incluida su antes protectora reina Isabel, que se enfureció con él y lo hizo encarcelar y preso estuvo hasta que ella falleció. Su viudo don Fernando, también le negó largo tiempo su perdón y su gracia. 
La larga peripecia de los amantes la cuenta otro gran historiador alcarreño, Juan Catalina. A ella, tras recluirla en principio en Arévalo, la casaron por poderes, pero se negó a cohabitar y yacer con su supuesto marido y cuando este pretendió hacerlo le puso un puñal en el cuello advirtiéndole que lo mataría si se atrevía a tocarla. Acabaron por encerrarla en el monasterio de las Huelgas en Burgos, suponiendo que con ello doblegarían su voluntad pero sucedió todo lo contrario y un golpe de audacia de Rodrigo acabaría por resolverlo todo. 
Con la complicidad de la madre de María, ¿qué no hace una madre por la felicidad de su hija? asaltó los muros del convento, raptándola, huyendo juntos y contrayendo y consumando el matrimonio.
Aquello supuso una enorme conmoción, era una desobediencia directa a la orden de la Corona, pero el desafío tuvo por último un final feliz. El rey Fernando, ya regente de Castilla, tras la muerte de Felipe y la pérdida de cordura de Juana, optó por resolver de una vez el asunto. Perdonó al marqués y se recelebró con todas las garantías el desposorio, aunque ella fue desheredada por sus parientes. No les importó absolutamente nada. A don Rodrigo no le faltaban riquezas ni ganas de agasajar a su amada. Para ella, tras haber contemplado en Italia los nuevos y bellos edificios, hizo construir el hermoso castillo renancentista de la Calahorra, obra de Lorezno Vázquez, en territorio granadino. O sea que, en cierta forma, esos amores trajeron el Renacimiento a España, algo que se vincularía y para siempre a la casa Mendoza, que lo introdujo por toda la nación, como prueba el fabuloso y único palacio del Infantado en Guadalajara.
Sin embargo, el rey Fernando ya no quiso tenerlo jamás a su lado y darle confianza ni cargo alguno. También se enemistó con su tío el conde de Tendilla, siempre partidario del rey Católico y que era la máxima autoridad en toda Andalucía. 


Reconciliación

Por ello, hubo de esperar algún tiempo para una reconciliación con la Corona, que vino ya con el nuevo rey y luego emperador Carlos, y de la mano de su hermano Diego Hurtado de Mendoza que, en Italia y al lado del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, había logrado gran prestigio militar, se le había sido otorgado el título de conde de Melito y, regresado a España, había sido nombrado virrey de Valencia. Y allí, se trasladaron don Rodrigo, que también tenía, y no pocas, propiedades en aquella tierra, y su hijas Mencía y María.
Pero no por ello acabarían sus problemas. La oposición al joven rey venido de Flandes de los comuneros en Castilla tuvo el reflejo en Valencia de las Germanías que se sublevaron a las ordenes Vicent Peris quien los comandaba y puso en serios aprietos a las tropas realistas en la que Cenete combatió codo con codo junto a su hermano pero no les salvó de sufrir, incluso, alguna derrota. La habilidad diplomática de Rodrigo logró que el pudiera mantenerse en Valencia como gobernador, pero al poco los más radicales tras haber mediado en Játiva, que su hermano asediaba, lo hicieron prisionero y amenazaron su vida.
Consiguió liberarse y, entonces, dio muestras de su saber y estrategia militares tendiéndoles una definitiva emboscada en la ciudad del Turia a la que se dirigían y derrotándoles por completo. El dirigente Peris y sus capitanes fueron hechos prisioneros y ordenados ejecutar de inmediato por orden suya. Fue el final definitivo de las germanías y el marqués recuperó con ello toda la gracia y la confianza del nuevo rey don Carlos.
No pudo disfrutarlo demasiado. Su esposa, y bien amada doña María de Fonseca, murió a los pocos meses de su triunfo y su salud, que ya era precaria entonces, se vio afectada por ello falleciendo él un año más tarde, el 23 de febrero de 1523 a los 57 años.
Dejaron tras ellos, amén del recuerdo de su amor, la belleza de sus palacios y la protección que siempre dieron a literatos y artistas, dos hijas, doña Mencía, la mayor, fue mujer de gran sensibilidad y cultura y en ella afloró, más que en nadie, esa impronta familiar de pasión por las artes y las letras y María, la menor. Esta casó con su primo, el primogénito del Duque del Infantado, Diego Hurtado de Mendoza, uniendo con tal matrimonio linajes, títulos y propiedades.