EL TIEMPO Y LOS DADOS

Manuel Juliá

Periodista y escritor


La vida de las palabras

30/11/2020

Dice Giovani Sartori en Homo videns que los niños, acostumbrados a sustituir la lectura por la imagen, apenas son capaces de conceptualizar en abstracto. El ejemplo que pone es demoledor. Un niño que ve muchas horas de televisión o no se le cae el móvil de las manos, puede reconocer a un parado o un paisaje porque lo ve en la realidad virtual con la que convive, pero desconoce lo que es el desempleo en su más determinante y agónica realidad, o un paisaje en su más contradictoria y rica complejidad y belleza natural. En realidad el niño desconoce lo que significa el desempleo o qué hay detrás de esa llanura llena de verdes viñas que aspiran el sol. 
Si ocurre que su padre se queda sin trabajo en el primer momento es incapaz de comprender la verdadera dimensión de la tragedia. Solo cuando pasan los días y ve que la calidad de la comida baja, o se anulan las subscripciones a las plataformas, comienza a entender de qué va el asunto. Y si en su casa se bebe una botella de vino no lo relaciona con el paisaje salvo que en la televisión, por ejemplo, hubiera visto a gente descorchando una botella y bebiendo vino con las viñas de fondo.
Como dice Sartori la mente aumenta su musculatura con las palabras. Ellas son el deporte básico para su desarrollo en las múltiples inteligencias que tenemos. La imaginación, la creatividad, la memoria, la deducción, la observación… todo ruge con más fuerza dentro de nuestra cabeza alentado por la capacidad de abstracción de las palabras, su interminable vida. 
Si una imagen vale por mil palabras, nos decía un profesor en clase de periodismo, una palabra vale por millones de imágenes. Cierto, por la imagen que cada uno de nosotros tenemos sobre esa palabra. 
Sin embargo la imagen le da el trabajo hecho al cerebro. Minimiza su capacidad de abstracción y en consecuencia muchas de esas inteligencias que decía antes. El cerebro hace menos deporte y se vuelve algo vago. Por ello, al haberse vuelto normal que los niños tengan televisión en su cuarto o no se les ponga un tope de horas con el móvil y otros, favorecemos que dentro de ellos exista una realidad irreal, producida por ese entramado de imágenes que nos llegan las más de las veces zafias, simples, deslumbradoras, adictivas. 
Me da miedo que ese inmenso poder didáctico de lo audiovisual, en manos irresponsables, no se use en contacto con la tradición clásica de la cultura, la lectura, todo aquello que la ilustración antepuso a la magia y el mito. La permeabilidad infantil a la imagen es tan enorme que deberíamos tomar más en serio de qué se llenan sus cabezas.



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