UN MINUTO MIO

Jesús Quijano

Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Valladolid


Puertas giratorias

15/06/2020

Otra vez, y en circunstancias tan complicadas para tanta gente como las actuales, que lo hace especialmente inoportuno, ha vuelto a saltar este debate sobre las llamadas puertas giratorias. Lo novedoso es que, en esta ocasión, tal práctica afecta también a quienes hicieron de ello bandera principal cuando el contexto era distinto. Y ciertamente que el alegato crítico se cultivó en distintos ámbitos, como bien se recordará, y con distintos fines.
Particularmente, no le tengo demasiada simpatía a esa práctica, aunque creo que hay que distinguir. Una cosa es que personas cualificadas, con formación y experiencia, reciban ofertas del sector privado, tras haber pasado por el cargo público y haber respetado el plazo legal de abstención, y las acepten, lo que me parece legítimo y respetable, aunque pueda ofrecer dudas estéticas, o incluso éticas, que también entiendo; y otra cosa muy distinta es que la llamada puerta giratoria, a menudo activada desde instancias oficiales, se convierta en un refugio, suculento y cómodo, al que se accede privilegiadamente tras una etapa de política activa, más pronto o más tarde, sin que tenga relación ni con una actividad profesional previa, ni con una cualificación demostrada, más allá de la que haya podido obtenerse precisamente en el cargo público que se desempeñó durante algún tiempo. Es entonces cuando la sensación de que se ha aprovechado el paso por la política para ofrecer a la entidad privada influencia más que competencia hace poco presentable la práctica. Y más aún si también ocurre que el beneficiario que cruza la puerta encuentra en ello una ventajosa ocupación que, por su trayectoria, su formación o su tarea fuera de la política, no hubiera encontrado en condiciones de igualdad con eventuales competidores.
Eso es lo que chirría, dicho pronto y claro: el convertir la actividad política temporal en mérito preferente, o en útil y provechosa palanca para alcanzar sustanciosos objetivos, que, en muchas ocasiones, suponen en la práctica resolverse la vida a perpetuidad, si vale la expresión. Malo será, pues, que se le saque el gusto al giro; me refiero al giro que va del Consejo de Ministros de un gobierno, al Consejo de Administración de una gran empresa.



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