LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Lo que el viento se llevó

24/07/2020

La persistencia en el error refleja un ejercicio de profunda estupidez o una demostración de soberbia extrema. En Occidente se utilizan sin complejos conceptos como derecha o los conservadores como si fuese un grupo homogéneo, intelectualmente sólido y con una base dogmática clara. Sus oponentes disfrutan utilizando este apelativo para estigmatizar rivales y neutralizar cualquier debate intelectual. Si no es suficiente, la palabra fascista o ultraderecha refuerza el ataque.
En Estados Unidos, los republicanos huérfanos de líderes robustos vieron en el arribista Donald Trump el antídoto perfecto, porque su insensibilidad al insulto es real. Pero la resistencia a los ataques verbales no implica que tengas razón en tus argumentos o que todos los actos que ejecutas sean acertados. Con el tiempo Trump ha confundido crítica con deslealtad y parece decidido a rodearse no siempre de los más competentes, pero sí de los más leales. No es un concepto muy meritocrático.
Volviendo a Europa, esa “supuesta derecha” se ha ido retirando asustada de todos los sectores culturales y generadores de opinión. El cine, los medios, la universidad, la administración, la enseñanza o la sanidad son lugares hostiles a cualquier lógica empresarial o equilibrio económico; es el mundo donde todo es posible y lo paga otro. La verdad absoluta ya no es una meta por descubrir, al ser todo relativo. La libertad no existe porque estamos condicionados por lo que nos rodea y no somos responsables de nuestros actos o sus consecuencias. Y si alguien equipara al conservador con un cuerpo moral tradicional es que es ciego de remate; los individuos hace tiempo que transitan por caminos inhóspitos y duros al ignorar cualquier referente moral exigente.
Esta prudente retirada a las escuelas de negocios, al mundo empresarial o al refugio que el dinero puede costear, ha sido la gran victoria de la izquierda. Esta actitud está permitiendo que toda una nueva generación llegue a puestos claves con una falta de espíritu crítico, con brillantes ideas erróneas y defendiendo causas que la historia ya confirmó que eran falsas. Pensar que no va a tener consecuencias esta homogénea ignorancia intelectual o la dictadura de lo políticamente correcto es absurdo.
Más preocupante es el impulso de creer que el insulto es sinónimo de acierto. Las palabras son el instrumento para desarrollar una idea. Solo su cercanía con la verdad la hará buena. Hay demasiados cobardes preocupados por su cartera. Una vida sin honor no merece ser vivida.



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