SOPA DE GUINDILLAS

José Luis Bravo

Periodista


Regreso a la tribu

Ya quedan lejos los años en los que se gestó el denominado Estado de las Autonomías. Muchos, que aún no hayan cumplido los cuarenta, quizá crean que esto fue siempre así desde que se recuperó la democracia a finales de los 70 del pasado siglo, pero tuvo su aquel.
No fue fácil armar el puzzle de nacionalidades y regiones. De hecho no todos los territorios se regularon por el mismo artículo de la constitución pero aquello ya es historia. La actual   se dibuja con trazos marcados a navaja en Cataluña, donde una buena parte de la ciudadanía aboga por irse directamente. Ya conocíamos esa aspiración pero lo que no era de esperar es que León retrocediera cuarenta años atrás para exigir su desvinculación de Castilla aduciendo diferencias culturales e incluso su historia. 
Es cierto que León fue reino, antes de que existiera Castilla, pero también que antes lo fue Asturias y les precedieron taifas y califatos musulmanes y por supuesto el reino visigodo y los romanos, tras imponerse a celtas, íberos y celtíberos. Roza la estupidez diferenciar, en pleno siglo XXI, un territorio y su población en razón de un momento determinado de su historia. Lo que el caso leonés demuestra, en cualquier caso, es que hay una cierta epidemia de nacionalismos garrulos que arrancan de la necesidad de significarnos como diferentes de los de al lado y por supuesto mejores. El caso catalán es una evidencia, más allá de que, en efecto, se expresen en una variante o evolución del latín, distinta del gallego, el castellano el francés o el rumano. Las lenguas, en mayor o menor medida, sufren modificaciones casi a diario, pero siguen siendo el elemento fundamental para la comunicación humana. Una herramienta para entenderse, no para diferenciarse y menos aún para discriminar y fragmentar sociedades.
Si ustedes creen que, en esta parte de la vieja Castilla somos inmunes a esas tentaciones, cuyo primer síntoma es ubicar nuestras raíces en un momento determinado de la historia, se equivocan. El contagio es leve, pero estamos alimentando nuestra autoestima con el recuerdo heroico de Numancia y nos autoproclamamos celtíberos sin caer en la cuenta de que somos ‘hijos de mil padres’. No hay pureza de raza alguna, ni falta que hace. Los genetistas son ahora capaces de trazar a través de nuestro ADN, el entramado de caminos vitales que nos han llevado hasta lo que somos. Y gracias a que pasaron griegos, fenicios, celtas, romanos, godos, varias etnias árabes, magrebíes y lo que me dejo en el tintero, podemos presumir de esa riqueza multiétnica, única en el Mediterráneo. Es torpe pensar que seríamos mejores con pedigrí celtíbero.



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