EL TIEMPO Y LOS DADOS

Manuel Juliá

Periodista y escritor


La otra mitad de mí

A veces, remuevo una sombra dentro de mí y todo lo veo oscuro. Otras el amanecer rompe más la cortina de mi oscuridad que la gasa oscura del viento, y mis ojos atrapan la luz sin esfuerzo y la luz se convierte en una vacuna contra sombras interiores, conocidas o desconocidas. Entonces, la felicidad emerge sin causa, sin otra razón que la mirada sobre un día luminoso. A veces estoy leyendo un libro y no puedo conseguir que mi mente se enrede por el vaho de las letras, porque mi cuerpo ansía sentir el viento del exterior, mezclarse entre la multitud, aspirar el murmullo dulce, o ruido atroz, que aporta la vida. 
Otras, en el corazón del mercado persa de la existencia, me entra un insufrible agobio, me siento encerrado en una cárcel con paredes de carne, y solo deseo meterme en el pequeño país de mi biblioteca y leer todos los libros posibles, ser en los mundos que los libros encierran, vagar por la libertad de las letras como un personaje más de una historia maravillosa. A veces estoy en un lugar y solo deseo llegar a otro. Y cuando llego a este lugar quiero ir a otro más, y a otro más, sintiéndome poseído por un voraz nomadismo que me genera una poderosa angustia de que haya tantos lugares que no conoceré.
Otras el mundo es una casa, un pueblo, una habitación en donde estoy con la persona, o personas, amadas, o con amigos ciertos, y entonces la vastedad de la tierra se comprime en unas pocas calles, un paisaje, un bar, una sala de estar donde veo la televisión sentado en el sofá agarrando la mano de mi compañera. A veces siento que dentro del extraño escenario de la realidad hay un mundo perfecto, una lógica que viene de las entrañas del vacío, y que todo, hasta lo más confuso, tiene un hermoso sentido que al final emergerá del caos, y otras siento que la vida es un caos irremisible, un tumulto de ideas confusas y lo único posible es tener una pequeña isla en la que esconderse de la tormenta. 
A veces creo que puedo con cualquier cosa, hasta con mis sueños, o mis deseos más insistentes, y otras me cuesta una barbaridad, como si fuese un trabajo de Sísifo, llegar a la ducha o ponerme el calcetín, o abrir la puerta de casa para iniciar la continua batalla del ser. A veces siento que el mundo, la gente, lo que me envuelve, me ama, o al menos repara en que existo, y otras siento que el mundo me odia, que desea mi mal, o que solo soy algo ajeno, invisible en el vacío, nadie en el territorio de nadie. A veces creo que enfrente de mí hay un largo y hermoso camino. Otras que ya he recorrido toda la senda y solo me queda sentarme a esperar a la muerte. A veces creo que la muerte es una puerta, y que más allá existe un país sin descubrir (Hamlet), y otras que todo acaba en la muerte, como repetía Orlando incorporándose en el hielo.


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