TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Lástima ya no hay tiempo para cambiar (casi) nada

La política española es esa cosa siempre atropellada que vive cabalgando sobre la coyuntura, no sobre la previsión ni la reflexión. Los cambios imprescindibles en la Constitución, en la normativa electoral, en ciertas regulaciones económicas y autonómicas, no tendrán cabida en esta campaña electoral que se dedicará a dilucidar quién ha tenido mayor parte de culpa en este nuevo adelanto electoral, en el absoluto fracaso de la Legislatura que se cierra. Vano empeño que solo mostrará la necesidad de renovar estructuras, ideas, tácticas, estrategias y, seguramente, rostros. 
Pero todo eso va a ser más de lo mismo. Si el gran debate se va a centrar en si Iñigo Errejón entra o no en esta confrontación electoral, lo que sería un dato preocupante para un Podemos ya agobiado, me parece, la verdad, un tema algo secundario. El silente Errejón es un personaje atractivo, sin partido ni estructura, que será, claro, fagocitado por el PSOE, y tal vez eso no fuese malo, porque el histórico partido de Pablo Iglesias (Posse, naturalmente), que sí tiene militantes, sedes y dinero, necesita una mano de pintura rejuvenecedora, y no hablo de edad: gentes como Adriana Lastra e incluso la vicepresidenta Carmen Calvo deberían dar un paso atrás y dedicarse a otras parcelas. 
Y lo mismo digo de España Suma: una idea meramente estratégica para sumar votos en determinadas circunscripciones entre PP y Ciudadanos, que no gusta a estos últimos y tampoco a según qué barones territoriales del PP, y de Vox ya ni hablemos. Acerca de la formación de Rivera me resisto a pronunciarme: ha virado dos veces 180 grados -o sea, 360, para volver donde solía- en el curso de tres días. Ahí, el tacticismo supera lo imaginable. 
No: lo esencial sería ofrecer al electorado programas de calado, pactos reformistas de futuro, regeneración política a fondo. Nuevas estructuras para nuestra democracia, tan nueva y que se va haciendo tan vieja. Pero no hay tiempo ni para cambiar rostros -las listas, básicamente, seguirán siendo las mismas-, ni ideas -aquí nadie aporta nada nuevo-, ni, claro está, programas. El Gobierno en funciones recurrirá, previsiblemente, a nuevos decretazos para ganar votos, que es ahora lo que más importa. No hay tiempo para más. 
Así que todo va a quedar aplazado para después del 10 de noviembre, en función de los resultados que se obtengan. Entonces, con la vida política y social catalana agitándose más cada día, con la ciudadanía del resto de España crecientemente alarmada y harta, se producirán previsiblemente estallidos en muchos sectores y materias que están ahora en ebullición y que no pueden aguardar mucho más. España vive como con una gran tapadera sobre la superficie nacional, pero, debajo, todo hierve. Que no se engañen nuestros inmovilistas por la calma aparente ni por las voces pretendidamente tranquilizadoras. El próximo Gobierno, el que salga de las urnas, tendrá que ser una gran coalición transversal que se dedique a apagar incendios, sí, pero también a pavimentar el futuro. 
Mientras, aquí seguimos, con la misma campaña -que si cuántos debates en televisión, que si se prohíben las encuestas, que si los caprichos de la Junta Electoral- pretendiendo que algo mínimo cambie para que todo siga igual. Y eso, me parece, ya no va a ser posible tras el 10N. Vienen cambios, pero cambios de verdad. Y eso no tiene por qué ser necesariamente malo, porque lo que tenemos ahora, simplemente, no gusta.  


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