COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


La digestión

Conocidos los argumentos del Tribunal Supremo, que ha condenado por sedición a los principales impulsores del ‘procés’ independentista, comienza el proceso de asunción de sus consecuencias, no solo de las penales por parte de los procesados que permanecerán encarcelados, sino por parte de quienes integran el movimiento independentistas que según los jueces habrían sido sorprendidos en su buena fe ante la quimera, la mera ensoñación  de la independencia, para la que no se habían preparado las estructuras de Estado necesarias.

Cuando Winston Churchill visitó Francia tras la II Guerra Mundial le preguntaron qué opinaba de los franceses. “No lo sé, no los conozco a todos”, respondió. Por eso resulta difícil saber cuántos de los dos millones de independentistas que se expresan a favor de estos partidos en las urnas actuaron convencidos de que la república catalana estaba al alcance de la mano, de que no se encontraban ante un despliegue retórico, y que sus sueños de independencia eran algo más  que un instrumento de presión para una posterior negociación con el Gobierno.  Según el Supremo, los acusados sabían de la imposibilidad de conseguir sus objetivos y que no sirve la formulación de meros deseos para alcanzarlos, ni aunque se pongan las instituciones al servicio de una idea, como el Parlamente, que con sus leyes de desconexión contribuyó a fraguar una “ilusoria referencia para la población”. Habrá, sin duda, muchos independentistas a los que todas estas consideraciones no les provoquen el menor escalofrío. Pero habrá otras que tendrán que digerir que han sido víctimas de un engaño que tuvo como puntos culminantes el referéndum ilegal del 1-O, al que nadie dio validez jurídica, y cuando durante un minuto Cataluña se declaró independiente el 10 de octubre. Ingenuos, convencidos, utilizados, comprometidos… cada independentista catalán sabrá que adjetivo es el que mejor le cuadra.

Las sentencias se respetan y se acatan. Pero después del mantra llegan las críticas, porque la sentencias son criticables como cualquier acto humano. Y quienes más las ejercen son aquellos que tras ver sus convicciones revocadas por los jueces muestran un respeto y un acatamiento menor del proclamado. El Supremo ha considerado que los procesados han sido sediciosos y no rebeldes al evaluar el grado de violencia, que no era ni “funcional”, ni “preordenada por el Govern”, ni tan siquiera tanta como facilitar “la creación de un nuevo Estado”. Aquellos a quienes la sentencia les parece benévola o vengativa tendrán que digerir que una vez sentenciados, los hechos probados –no eran un inocente ejercicio del derecho de manifestación frente al que la policía empleo la “fuerza legal”- no se pueden alterar cuando se vean los recursos que presentarán las partes. 
La fiscalía del Supremo tampoco ha salido bien parada porque los jueces han descartado la rebelión y su petición de último minuto sobre el cumplimiento de las penas de los condenados, y los partidos conservadores tendrán que digerir el varapalo de los jueces del Supremo por suscitar el debate sobre los indultos de forma extemporánea. Por no hablar de sus invectivas a la Abogacía del Estado y al Gobierno que a la postre han sido quienes han tenido la razón judicial en la calificación de los hechos.

A los partidos independentistas, la sentencia se les ha indigestado de la fecha a la cruz y tendrán que rumiar como quieren afrontar el futuro.


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