Editorial

Una jornada en la que estamos invitados a reflexionar el voto

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El anacronismo que representa la jornada de reflexión en nuestro país debería servirnos, al menos, para pensar el voto de cara a las elecciones generales que tendrán lugar el domingo, después de una corta campaña y extensa precampaña. Lo importante es tener la posibilidad de ejercer y seguir practicando este derecho en libertad e individualmente. El rechazo a la abstención es la mejor manera de seguir consolidando el estado democrático, a pesar de que la incapacidad demostrada por algunos responsables de la clase política sea en ciertos momentos más bien una invitación para minusvalorar el democrático ejercicio del voto. 
Se viene oyendo que ésta ha sido la campaña de los indecisos, pero también la de la crispación. Ni lo uno ni lo otro nos tiene que sobresaltar. Es simplemente fruto de la aparición de nuevos partidos en el arco parlamentario, que propicia que los partidos estrechen y fijen el ámbito ideológico en el que moverse, en ocasiones con una radicalización de posturas. Mañana por la noche sabremos si la voluntad de los ciudadanos ha atenuado o no cambios en el resultado electoral. Lo que parece claro es que la fragmentación del voto es una evidencia, y si queremos que nuestro sistema siga madurando, los partidos tienen la obligación de acometer una reforma de la legislación electoral para que la opción del bloqueo se disipe. Ningún país puede soportar periodos tan largos de inestabilidad, y menos cuando el contexto es tan convulso por asuntos de extrema importancia en el mismo ámbito territorial, y en la escena internacional.
Aprovechando esta reforma, habría otros asuntos que cuestionar, como la propia antigualla de la jornada de reflexión o los límites para la publicación de encuestas electorales. Ambos extremos se vulneran en este tiempo sobre la delgada y fina línea que separa la legalidad del delito. En el caso de la jornada que hoy vivimos, la intensidad informativa decae de forma alarmante, y da pie a que cualquier acción contraria a los valores democráticos gane un injustificado protagonismo.
Además, en esta era de la ciberdelincuencia, los bulos tecnológicos y las fake news, la desinformación a través de Internet y las redes sociales se ha vuelto incontrolable. Prueba de ello son los continuos ciberincidentes detectados en momentos puntuales, que hasta ahora han sido de escasa peligrosidad, pero no de poca incidencia. La limpieza electoral, que es responsabilidad del Gobierno, era uno de los valores incuestionables de nuestro sistema y sobre el que hay que desplegar todos los esfuerzos posibles para que sigan siendo garantía de las libertades de este país. Para ello hay que desarrollar mecanismos que, por un lado, garanticen la pulcritud del proceso, pero también que así lo perciba la ciudadanía.