RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


Miquel Iceta: empieza otra época

Miquel Iceta (Barcelona, 1960) no fue elegido senador por el Parlament de Catalunya, a pesar de que hasta ahora nunca se impidió que cada grupo parlamentario nombrase libremente a los senadores que representaban a la Generalitat en la Cámara Alta. 
ERC, los partidarios de Carles Puigdemont y la CUP votaron en su contra -algo sin precedentes, pues esa votación era hasta ahora sólo a favor de personas, abstención o voto nulo-, lo que clarifica ante la opinión pública, y también ante la publicada, disolviendo muchos prejuicios sobre la relación de los independentistas con Iceta, con el PSC (del que Iceta es su líder) y con Pedro Sánchez y su gobierno. 
El PP, y especialmente Ciudadanos (Inés Arrimadas hizo unas explosivas declaraciones contra Iceta, denunciándole por su connivencia con los independentistas), se equivocaron ignominiosamente, y consiguieron, una vez más, que su discurso coincidiera en la práctica con el de los independentistas; sucedió eso cuando Ciudadanos votó en contra de los Presupuestos con los independentistas, lo que precipitó las elecciones generales. 
Desde luego, el voto contra Iceta, que supone un voto contra su designación como presidente del Senado, es en suma una negativa a lo que el presidente del Gobierno y el PSOE estaban proponiendo -y no sólo para el Senado-, que tendrá consecuencias en Cataluña. Creo que el proceso que vive Cataluña se acelerará mucho, y los independentistas no se están dando cuenta que el Gobierno de Sánchez ahora está controlándolo, y ellos sólo se están instalando en una pataleta, tan escandalosa como inútil.
Los independentistas catalanes, y ERC ahora de manera superlativa, han entrado en la fase de estupidez, que, según Carlo M. Cipolla, es la situación más peligrosa de todas las posibles, la que consiste en hacer el mal a todos, empezando por los mismos que lo están generando. Lo peor que les puede pasar a unos nacionalistas catalanes es que ellos aparezcan personificando al tonto tópico de los chistes regionales. 
Andoni Ortuzar, el presidente del PNV, opina que votar contra Iceta no tiene sentido alguno, y su criterio establece la diferencia entre lo inteligente y lo estúpido. Como opinó el presidente Tarradellas, en política nunca se puede hacer el ridículo. Pero ERC lleva haciendo el ridículo en los momentos más importante de sus ochenta y ocho años de historia, y algunos con consecuencias dramáticas. 
Pedro Sánchez está firme en el Estado. El Estado de la Constitución se ha manifestado muy fuerte en las recientes elecciones -incluso en Cataluña-, y políticamente el Gobierno de Sánchez no tiene alternativa en el Congreso de los Diputados, y además su dominio en los demás ámbitos representativos es completo. Sea cual sea el resultado de las elecciones del 26 de mayo -las encuestas predicen un gran avance socialista-, está claro que Pedro Sánchez mantendrá un poder decisivo. 
Un poder decisivo. Algo que la miopía congénita de los independentistas catalanes les impide visualizar. Son incapaces de analizar la verdadera realidad del poder y del Estado en España, a causa de que su cerebro está intoxicado por sustancias ideológicas que les ocasiona graves alucinaciones lógicas.
La propuesta del presidente Sánchez para que Iceta presidiese el Senado tiene, en mi opinión, el significado de un cambio en las relaciones de poder dentro del PSOE.
Cuando Felipe González sustituyó a Alfonso Guerra por Narcis Serra, en 1991, su poder como líder del gobierno socialista pasó de apoyarse en la Ejecutiva Federal del PSOE y en la dirección de los grupos parlamentarios del Congreso y del Senado, a sustentarse básicamente en una mayoría de los llamados ‘barones’ socialistas de las autonomías, y en esa misma proporción, en el Comité Federal. La estructura del poder socialista cambió de vertical a horizontal. Habrá que recordar que entonces fueron ministros, además de Serra, antiguos presidentes autonómicos, como Jerónimo Saavedra y Joan Lerma, así como otros socialistas provenientes de ese ámbito regional. Felipe González intentó hacerse con el control de los grupos parlamentarios cuando propuso a Carlos Solchaga, pero la ferocidad de la oposición, dentro y fuera del PSOE, logró que Solchaga dimitiera poco más de un año después. El propio Felipe González renunció a la Secretaría General en 1997, cuando vio que no podía controlar la Ejecutiva sin contar con los guerristas. 
Desde entonces, el poder del secretario general del PSOE ha tenido que contar, o ha dependido, del poder regional o autonómico socialista. Así, Almunia, Zapatero, Rubalcaba e incluso Sánchez en su primera fase. 
Pero Pedro Sánchez ya no depende de ese poder horizontal o regional. Vuelve al esquema de poder de Felipe González en su primera fase: se apoya en la Ejecutiva Federal y en los Grupos Parlamentarios. La propuesta de Iceta no era una condición del PSC, sino un gesto hacia Cataluña, como fue un gesto hacia Cataluña nombrar, en 1982, a Narcis Serra, alcalde de Barcelona, ministro de Defensa, la clave del gobierno socialista de entonces, un año después del golpe de estado militar de 1981. 
Eso es lo que los independentistas catalanes no han sido capaces de ver ni entender. Empieza otra época. 



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