Victoria Lafora


¡Que vienen los fachas!

Cuando parecía que el argumentario con el que la izquierda ganó las elecciones en abril había quedado en desuso, llegan Ortega Smith e Isabel Ayuso y vuelven a asustar al personal. Porque el miedo a Vox, a una escalada de la ultraderecha, como ha sucedido en el resto de Europa, movilizó a muchos votantes del PSOE y de Unidas Podemos y se convirtió en un eficaz mensaje electoral. Había que parar a los fachas.

Si a eso sumamos el entusiasmo, con el que, tanto Casado como Rivera, se escoraban a la derecha, dejando huérfanos a los votantes de centro, se puede decir que Pedro Sánchez lo tuvo fácil. La volatilidad de las propuestas electorales, incluso de las convicciones ideológicas de los candidatos, el conflicto catalán (cuyos dirigentes ven como merma el entusiasmo ciudadano con la causa, mientras tratan de ocultar sus enfrentamientos y se agarran como a un clavo ardiendo a la sentencia del Supremo para mantener prietas las filas), y los inquietantes síntomas de desaceleración económica, complican la campaña de la izquierda. Tal vez por eso Pedro Sánchez se ha echado otra vez a la carretera y recorre frenéticamente el país para movilizar al abstencionista cabreado.

Pablo Casado, que ha vuelto al centro sin despeinarse, mira las encuestas de reojo, seguro de que las fugas de Ciudadanos le van a devolver parte de los escaños perdidos. Incluso sueña con dar un vuelco tan señalado que le habrá las puertas de Moncloa con el apoyo de Rivera y Abascal. Por eso, como no podían desautorizar, otra vez, a la inexperta presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Diaz Ayuso, tratan de quitar importancia a sus palabras. Pero dijo lo que dijo. Habló del riesgo de que se volviesen a quemar parroquias, como en el 36, de su inquina a la Ley de la Memoria Histórica, aprobada en el Congreso de los Diputados. Rompiendo, así, la idílica imagen centrista del nuevo PP.

Como no hay dos sin tres, el vicepresidente Aguado, que normalmente va por libre, aseguró que ellos no permitirían esa quema de conventos. Si no fuera por la desolación que produce el espectáculo de utilizar los momentos más trágicos de la historia de España, con un claro interés electoral, las declaraciones, de puro ridículas, habrían pasado inadvertidas. Pero a una barbaridad se ha sumado otra ignominia. VOX no podía dejarse comer el terreno y ha lanzado a su incontinente portavoz en el Ayuntamiento, Ortega Smith, a denigrar con acusaciones, incluso de violación -¡Que disparate!- a las trece jóvenes que fueron fusiladas al acabar la guerra en las tapias de un cementerio madrileño. Tenían entre dieciocho y veintinueve años, muchas de ellas eran modistas, y su delito, según el Consejo de guerra que las condenó al paredón, fue el de "adhesión a la rebelión", por el hecho de militar en las Juventudes Socialistas Unificadas. Una de ellas, Julia Conesa, en la última carta que escribió a sus padres desde la cárcel de Ventas, les pidió que "mi nombre no se borre de la historia". No imaginaba que casi ochenta años más tarde, un ultraderechista, como los que la fusilaron, iba -sin ningún rigor histórico- a utilizar su nombre en su campaña de guerracivilismo. Entre unos y otros van a conseguir que se reavive el miedo a la vuelta de los fachas y se llenen otra vez las urnas. ¡Ojalá! 


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