DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Erre que erre

La Junta de Castilla y León, a través del consejero Carriedo, se ha sumado a las voces que solicitan mayor presión del Gobierno de España ante la Unión Europea en el objetivo de lograr fondos para la cacareada «transición justa» del carbón. Hay unanimidad en el lamento. Las Cortes, alcaldes, los sindicatos y las patronales de Castilla y León se han pronunciado en términos muy similares. Todos ellos quieren formar parte de una Comisión, tan mixta que más bien parecería una asamblea. Y esto posiblemente sea lo más preocupante. Uno desconfía de esas mesas enormes, fotografiadas con la natural expectación, con decenas de personas que carecen de criterios globales, acaso también de conocimientos, dominadas por el único afán de conocer qué hay de lo suyo. Porque esto no es nuevo. Se planteó en España hace ahora 30 años: cambiar los empleos relacionados con la extracción y quema de carbón por otros puestos de trabajo con futuro. El resultado no ha podido ser peor. Han cerrado todas las minas en Castilla y León, han puesto fecha de desmantelamiento a las centrales térmicas y miles de millones han desaparecido, no han servido para alentar nueva vida en las comarcas mineras.
En el origen del Plan de Reconversión, año 1990, el objetivo primordial del Gobierno fue acallar la protesta de los mineros en activo, un colectivo que se movilizaba con más rapidez, y mayor violencia, que una clase de estudiantes, y calmar al resto de la población. Funcionó el método de las prejubilaciones, algunos con 45 años y con su corta vida laboral no siempre en el interior de una mina. La movilización social fue neutralizada por los alcaldes mediante inversiones desproporcionadas, que mejoraron sin duda la vida de los vecinos pero que no crearon empleo estable y de futuro.
Uno de esos alcaldes beneficiados recomendaba la fórmula. «No dispersar. Apostar por megaproyectos de futuro con garantías de permanencia. Solo lo pueden hacer técnicos con los conocimientos necesarios y políticos sin relación directa con la tierra. Si están en Bruselas, mejor que si están en Madrid». Ojalá este alcalde se equivocara, porque da la impresión de que las cosas no van a ir por ahí.



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