SOPA DE GUINDILLAS

José Luis Bravo

Periodista


Los borregos del Belén

Fue uno de los primeros artículos que bajo la cabecera de ‘Sopa de Guindilla plasmé en la prensa local, hace ya casi treinta años. Lo titulé ‘Odio la Navidad’. No era, en realidad más una crítica a las falsedades e imposturan con las que nosp ordigamos en estas fechasquye solemos tildar de señaladas  y entrañables. Pero me seirvió para recibir las primeras collejas de algúna que otra beata y del mismísimo obispo de Osma Soria, de cuyo nombre no quiero acordarme. Fue públicamente recriminado por irme de la senda marcad de los política, y en este caso, religiosamente correcto que se presupone para el comportamiento periodístico en estas fechas. Fue casi peor, solo casi, que si me hubiera pasado por la cabeza hablar de la indumentaria hortera de alguna jurada de cuadrilla. Se pueden imaginar.
Pero, pertinaz e irredento, vuelvo sobre mis pasos para expresar mi humilde percepción por la deriva de estas fiestas que, como los Sanjuanes, están cargadas de usos y costumbres pero también evolucionan y no por cierto a mejor. Basta que se den una vuelta, con la mente abierta, por cualquier calle  de Soria o de cualquiera de las cabeceras de comarca y percibirán eso a lo que me refiero. Si lo hacen esta tarde mismo o lo hicieron el pasdo fin de semana, percibirían pelotones de personas caminos del resturante o a vuelta de él, para celebrar en comendita, con los compañeros de trabajo o cualquiera otros la ‘cena de navidad’. A menudo se atavían con esperpéticos adornos en la cabez, para delicia de los bazares chinos y afrontan los primeros excesos que, en ocasiones lo son tambien verbales y, con la lengua suelta no hay Navidad de aguante ciertas impertinencias.
Naturalmente nos echamos con entusiasmo la tarjeta a la cartera para comprar desaforadamente regalos sin ton ni són que, a menudo los receptores reciben con una sonrisa conmiseratativa y una ‘que bonito’ que suena más falso que una moneda de cartón. Y a todas estas, mientras parte de la población se pone hasta arriba en la jaranera champanada de la plaza de Herradores, mientras que madres y abuelas se esclavizan en los fogones para atender luego a toooda su familia. Menos mal que estas cenas familiares, por esta injusta razón y por los efectos de las tradicionales broncas de cuñados, están en vías de extinción.
Como ve, señor obispo, no atento contra los sentimientos religiosos de nadie si proclamo de nuevo que odio la Navidad, ésta Navidad que necesita  luces de colores en la calle para que gastemos más y, a las órdenes de los astutos publicistas, nos gastemos la extra en chorradas para convertirnos, de facto, en los borregos del Belén.



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