TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Saber competir

Ganarle a Yugoslavia o a Rusia eran palabras mayores, sueños imposibles, casualidad de cada 100 partidos: uno de ellos (a los Petrovic, Dalipagic y compañía) en las semifinales de Los Ángeles 84, 74-61, fue una fiesta nacional. Ganarle a Italia o Grecia bajaba algo la cuota (¿Uno de cada 10 o 15 duelos, por ejemplo?), pero seguía en el terreno de la excepción. Incluso ganarle a a Francia o a Turquía, demonios, era para sacar los coches a las calles. Supongo que todo cambió hace 20 años… En 1999, nuestro baloncesto vivió de forma natural una revolución; el caldo de cultivo perfecto en una receta irrepetible: la importación de talento e influencia del jugador extranjero, el aprendizaje técnico-táctico… y la explosión de una generación (Gasol, Navarro, Raúl López, Calderón…) que ganó a Estados Unidos en el Mundial Júnior y nos enseñó a hacer algo que italianos, balcánicos, rusos y griegos hacían entonces mucho mejor que nosotros: competir y dar la talla en el partido decisivo. 
Me quedo con el análisis de Djordjevic, competidor nato primero y entrenador de Serbia después: "España siempre hace lo mismo. A mí ya no me engañáis. Pueden empezar regular, pero leen como nadie estos torneos. Cuando les pregunté en el avión qué tal estaban, me dijeron: Tranquilitos. Rudy, Sergio, Ricky… son competidores increíbles y saben cuándo llega el momento importante". 
Ser el mejor significa saber cuándo serlo. El Real Madrid de fútbol ha ganado alguna Copa de Europa jugando mejor que su rival dos o tres minutos por partido, los justos para hacer dos goles. Elegir el momento, saber reservarte, dar solo un seis porque sabes que con ‘cinco’ te ganan, fallar 10 pero meter el decisivo… Son las artes del gran competidor, el que no sabes cómo pero te ha vencido. Exactamente lo que nos hacían antes a nosotros.


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