LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


The Host

Las democracias no son siempre efectivas si los políticos se empeñan en equivocarse de enemigo o acuden a los sentimientos. Corea del Sur y Japón son dos ejemplos claros, junto con Taiwán, del efecto benigno que la protección norteamericana les ha aportado en su desarrollo. Han conseguido salir de la pobreza y alcanzar un increíble desarrollo económico y cultural sin renunciar a sus peculiaridades nacionales. Este éxito ha ido acompasado por unas instituciones que gradualmente se han ido fortaleciendo y de una democracia que se ha consolidado.

La presencia de tropas americanas en ambos países no es un ejemplo de colonialismo, sino la demostración visible del compromiso yanqui en su defensa. En el caso de Corea del Sur, es conocido que los 28.000 soldados norteamericanos no podrían defender al país y en caso de un ataque masivo de artillería, su resultado sería una muerte segura. Sin embargo, el ejército coreano asume que ante dicho escenario y la previsible alta cifra de víctimas, el gobierno americano se vería obligado a responder.

El caso de Japón es complejo, porque la presencia americana aporta una defensa real y los vecinos confían más en la prudencia estadounidense que en el pacifismo nipón. Gracias a dicho pacto, el gasto militar japonés ha sido históricamente bajo en las últimas décadas. La realidad es que Japón nunca ha interiorizado que sus desmanes durante la segunda guerra mundial fueron brutales. El uso de dos bombas atómicas aceleró una derrota inevitable, pero su régimen militar era perverso en la forma y en el fondo. Los alemanes aceptaron que no había nada que defender del régimen nazi.

La última polémica ha sido una sentencia de la Corte Suprema coreana que habilita la posibilidad de demandar a empresas japonesas por daños pasados. Los japoneses dicen que eso ya se resolvió en 1965 y que no piensan pagar. Como suele ocurrir en estos casos, el patriotismo de salón ha dado lugar a una guerra comercial y a un freno a la cooperación militar.

Escrutar demasiado el pasado es un ejercicio político irresponsable. Ambos países poseen unas democracias sólidas, libertad de expresión y unas sociedades sin profundos desequilibrios económicos. Al lado, tienen al país más poblado del mundo, que de paso es una dictadura con demandas territoriales, un mercantilismo agresivo y que está modernizando su ejército a ritmos acelerados. Más inteligente sería que observasen Hong Kong para comprender lo absurdo de la discusión y piensen en sus enemigos reales.


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