TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Un favor

19/09/2020

En japonés existe una palabra para definir a aquello malo que sucede cuando crees que ya no puede sucederte nada malo, cuando estás prácticamente seguro de que cumpliste con tu cupo de infortunios y errores. No existe nada similar en el castellano, pero dicen que el Institut d'Estudis Catalans, velando por el idioma y la cultura de aquellas tierras desde 1907, podría incorporar un vocablo para definir tal cosa en catalán: Bartomeu. Cuando crees que lo peor ha pasado, que Gaspart fue lo más indigno, que la tanda de penaltis de la 85-86 lo más ridículo o que Chygrinskiy el mayor dispendio, la actual directiva azulgrana lo ve, lo iguala, triplica la apuesta y añade el casi adiós de Messi, los 400 millones largos en tres jugadores sin integrar, tres fiascos europeos con goleada… y por fijarnos en lo penúltimo, el mismo día que se presentan las firmas necesarias para la moción de censura, una carta durísima de Quique Setién (¡legalmente todavía entrenador del equipo!) y su querella por el finiquito, así como un viaje no permitido de Luis Suárez para tramitar su nacionalidad italiana.

No hay día en que no suceda un Bartomeu en el Barça, algo que ponga al club a los pies de los caballos. Los Bartomeus suceden cuando menos te lo esperas (de hecho, han sucedido a lo largo de la historia del club en muchas ocasiones, pero todavía no tenían nombre): grupos de socios enfadados incluso tras ganar Ligas, líos en plena calma, pura autodestrucción histórica en azul y grana. Y se ha convertido en un morboso pasatiempo veraniego esto de desayunarse cada mañana o escuchar cada noche un bombazo que mina la imagen, la credibilidad y la estabilidad del Fútbol Club Barcelona. Cada Bartomeu es un torpedo a la línea de flotación. Un pequeño gran desastre que, ahora sí, amenaza con ser más importante que lo que suceda sobre el campo, donde habitualmente los goles tapan miserias.



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