VERDADES ARRIESGADAS

Víctor Arribas

Periodista


El chico de James Dean

Una de las peores semanas que se recuerdan en nuestro país termina al fin. Desde que muy temprano, en la mañana del lunes, se conociera la sentencia por el golpe sedicioso del independentismo, parecen haber pasado varios siglos hasta hoy domingo. Lo peor han sido los graves incidentes que los partidarios de la independencia han provocado durante días y noches, dejando en ridículo a quienes defienden que ésta es una revolución pacífica en la que la violencia no tiene un papel determinante. Lo que en realidad hemos visto retransmitido en directo por las televisiones es la evolución de esas algaradas callejeras que empezaron en Barcelona hace una década, en unas calles tomadas por la intransigencia y la radicalidad, que ha tenido su expresión institucional con los mandatos de la actual alcaldesa y su defensa administrativa apoyada en una Generalitat que está del lado de lo ilegal y todo lo que signifique anti españolismo. En esas imágenes de violencia, cortes de carreteras, vías férreas, colapso del aeropuerto internacional, el otro día vimos fugazmente a un joven con la cara descubierta que desafiaba con la mirada a un agente de los antidisturbios, y después de algunos segundos le escupía, sin que el policía pudiera hacer nada para contestar. Tan dignas son las leyes que nos hemos dado hacia los violentos, que han terminado por quitar autoridad a la autoridad. Ese joven, como quien presume de algo que ni siquiera conoce, lucía una camiseta con la imagen de James Dean, el actor de Indiana que representó la rebeldía de la juventud en los años 50 y que murió demasiado joven, después de vivir muy deprisa y hacer un bonito cadáver.

Los años que ese chico de la camiseta ha pasado en el colegio, luego en el instituto y tal vez en la universidad, han sido los años del odio en Cataluña hacia España. Le han inoculado el germen del desprecio intolerante hacia todo lo que se interponga en sus deseos, y en eso un policía no tiene ningún pase especial. Han sido treinta años de planes educativos catalanes enfocados a ejercer un lavado de cerebros juveniles, hasta que la mayoría de ellos sintieran como real la idea de una independencia que no es más que una ensoñación, una quimera en palabras de la Sala que ha redactado la sentencia del proceso. Como les ocurre a los jóvenes de su generación que lucen símbolos del Che, éste mozo no tiene ni la menor idea de lo que representa la efigie que luce en su pecho, ni la clase de rebeldía que el personaje serigrafiado llevó a cabo en sus veinticuatro años de vida.


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Opinión

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