SIN RED

Loli Escribano

Periodista


¡Qué felices son los muertos!

Eso expresó el bueno de Bécquer en una de sus rimas más conocidas: «Solitario, triste y mudo/ hállase aquel cementerio;/ sus habitantes no lloran.../ ¡Qué felices son los muertos!». Cuando era pequeña nos llevaban al cementerio el Día de Todos los Santos a llevar flores a los abuelos. Teníamos que guardar silencio. Para no molestar, nos decían los adultos. Como si los muertos nos fueran a oír. Aún me sorprendo cuando escucho a muchas personas confesar que los cementerios les dan ‘yuyu’. ¿Qué miedo pueden dar los habitantes de los cementerios? Ya no pueden hacer nada. Miedo el que pueden dar los que están fuera, esos sí pueden ser peligrosos. A mí me gustan los cementerios. Aunque pueda parecer paradójico es la evidencia de que estamos vivos. De que hay vida antes de la muerte. Es la teoría de los contrarios de Heráclito, para que algo exista debe existir su contrario: la vida y la muerte, la noche y el día, el blanco y el negro, la salud y la enfermedad, la bondad y la maldad y así, hasta donde nuestro pensamiento nos llegue o nos deje. Da miedo morir y da miedo el desconocimiento de lo que encontraremos después, si es que hay algo. La sociedad sigue teniendo tabús marcados a fuego que intenta sobrellevarlos con el disfraz del lenguaje que es el eufemismo. Siempre he creído que el uso de eufemismos demuestra o inseguridad o miedo. Por ejemplo, en vez de decir el Día de los Muertos, decimos el Día de todos los Santos. Como si así no nos dolieran tanto las ausencias de los que perdieron la vida, de los fallecidos, de los muertos. Eufemismos que se tragan palabras para demostrar que tenemos miedo a morirnos, a que otros se mueran. En vez de decir fulanito ha muerto, soltamos un fulanito se ha ido, nos ha dejado o incluso he escuchado alguna vez la ridícula expresión «ha dejado de respirar». Yo dejo de respirar para hacer hipopresivos y para bucear y sigo viva. Creemos que las palabras, sus sinónimos y los eufemismos que buscamos se convierten en un exorcismo para espantar el miedo y el dolor, el miedo al miedo que da la muerte y lo desconocido. Nos siguen educando de espaldas a una realidad ineludible, la única realidad: nacemos para morirnos. Al menos, de momento. La ciencia avanza tanto que igual en tan sólo unas décadas descubren el antídoto y nos quedamos aquí para siempre. ¡Ay qué pereza ser inmortal! Todo lo relacionado con el fallecimiento se disfraza. Pero a pesar de ese temor y ese rechazo a la palabra muerte en todas sus variantes, la ensalzamos cuando nos morimos de gusto si algo nos agrada y sobre todo, morimos de amor, nos morimos a chorros cuando nos enamoramos, sin eufemismos.