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Rafael Monje

DE SIETE EN SIETE

Rafael Monje

Periodista


Cuba, ¿país hermano?

14/07/2021

Mientras en España se tiran los trastos a la cabeza entre la izquierda y la derecha sobre los últimos hechos acaecidos en Cuba, la realidad es que el pueblo cubano espera mayor determinación de los responsables públicos de un país supuestamente ‘hermano’. Lo que muchos cubanos esperan de nosotros no es, precisamente, esa falaz pose partidista, sino la contundencia de la diplomacia y el ejercicio de la influencia internacional que nos quede a España para, de pronto, frenar las detenciones, desapariciones y muertes tras las multitudinarias movilizaciones del pasado domingo en la isla, las mayores de las últimas décadas. Que nuestros dirigentes políticos aprovechen ese escenario de confrontación social en clave interna, ahondando en la sempiterna bronca política, desacredita la acción pública cuando más necesaria se hace.

Los cubanos se han echado a la calle para protestar contra una mezcla explosiva cuyos ingredientes no pueden ser más dañinos: la ausencia de alimentos, medicinas y vacunas, la incidencia del coronavirus y la pérdida de la principal fuente de ingresos, el turismo. La vida en la isla se asemeja mucho a la del llamado Período Especial de la década de los 90, a lo que se suma el endurecimiento del embargo estadounidense durante la presidencia de Donald Trump. Así las cosas, la grave crisis que sufre el país caribeño desde hace años ha acabado por reventar las costuras de un pueblo que, al grito de ‘patria y vida’ clama mayoritariamente contra la desazón, el hambre y la injusticia. Sencillamente, lo que ha sucedido desde el domingo es que los cubanos han acabo por comerse el miedo a falta de otra cosa que llevarse a la boca y se han echado a la calle.

La represión de las protestas, avivada por el propio presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, es como echar gasolina al fuego, cuyas llamas traspasan también el cierre del acceso a Internet. Estamos, por tanto, ante un momento histórico en el que, ante todo, deben prevalecer los derechos de las personas, empezando por la propia vida.

Por ello, lo último que desde aquí se puede hacer es caer en la ignominia de darnos patadas en el trasero de terceros, que bastante tienen ya con lo suyo. Y, en cambio, sí interceder lealmente ante el mundo para tratar de hallar una solución pacífica y honesta.