Editorial

La derecha identifica a una líder en Madrid frente a una izquierda que resta

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La foto final de las elecciones autonómicas en Madrid, la que determinó el escrutinio, se parece en mucho a las que arrojaron los sondeos publicados desde que la vencedora de los comicios de ayer, Isabel Díaz Ayuso, disolvió la Asamblea y llamó a los madrileños a votar. La jornada deparó políticamente muchas derrotas, pero aun siendo de un interés menor, no puede pasarse por alto el descalabro demoscópico del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), cuya reputación quedó ayer aniquilada por las urnas, un hecho que implica la responsabilidad del Gobierno y que requiere una intervención contundente. Ayuso ganó al PSOE, a Vox y a este organismo supuestamente imparcial, que hasta el último momento dio una imagen de uso partidista que se percibió durante toda la campaña y que ayer ratificó con un estrepitoso error sobre sus previsiones, que debe tener consecuencias.

Las urnas corroboraron, por tanto, lo que todos los institutos demoscópicos serios coincidieron en apuntar desde hace semanas: una victoria contundente de la derecha en Madrid, afianzada sobre una candidata que ha sido capaz de atraer a un altísimo porcentaje de exvotantes de Ciudadanos y a una parte importante de Vox. Los de Abascal, pese a tener resultados por debajo de sus expectativas iniciales, firmaron unos resultados notables en cuanto a respaldo ciudadano, aunque sus escaños en la Asamblea no serán tan determinantes en tanto que la izquierda carece de fuerza suficiente de bloqueo y libera a Ayuso de una dependencia mayor de los de Abascal.

Lo que está todavía por dilucidarse es si este éxito inapelable de la presidenta en funciones es mérito de la candidata o si es el primer paso hacia el reagrupamiento del voto de derechas en torno al Partido Popular, un objetivo que hace unos meses su presidente, Pablo Casado, dejó señalado en su hoja de ruta para llegar a gobernar España. Es previsible que este triunfo, por mucho que responda más al perfil de Ayuso, tenga un efecto inmediato en los próximos sondeos de intención de voto y que Casado logre, como mínimo, igualar con el PSOE. Pero tampoco es descartable que la vencedora de los comicios de Madrid se convierta en una sombra peligrosa para el presidente, y no tanto por deseo personal del nuevo icono popular madrileño sino por preferencias del votante.

Frente a Ayuso, la izquierda hizo aguas. El discurso y relato de la candidata a la reelección era tan potente que su populismo no solo pasó desapercibido sino que le catapultó a lo más alto. Bien es cierto que los adversarios se lo pusieron fácil, sin apenas discurso. En cualquier caso, todos tienen ahora la misión de reconducir el debate político hacia el sosiego, un punto y aparte en el que dejan claro que han sabido ganar y han sabido perder. Ni Madrid ni España están para aguantar dos años de precampaña hasta las próximas municipales, autonómicas y generales en el tono de estas semanas. 



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