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Rafael Monje

DE SIETE EN SIETE

Rafael Monje

Periodista


El lobo y el sentido común

03/10/2021

Lo sé. No tengo ningún tipo de ganado pero no necesito tener ovejas ni vacas ni un pastor de los Pirineos para saber cómo se las gasta la naturaleza, a la que nos pasamos la vida metiendo un dedo en el ojo y que protesta cada vez más, en forma de sequías, inundaciones y, en definitiva, cambio climático.
Que el ser humano ha metido mano mucho más de lo que debería al medio ambiente es una realidad incuestionable y ni nosotros ni nuestros antecesores vamos a poder echar la culpa a nadie del futuro que dejamos a hijos y nietos. Y, en este contexto, la gestión del lobo es un ejemplo clarísimo de que, una vez se ha tocado el medio ambiente, hay que seguir haciéndolo, con cabeza, con cuidado y con consenso.
Me pregunto si la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico pensó en eso cuando, muy ufana, no se desvió ni un milímetro de su empecinamiento a la hora de incluir el lobo en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial. Ello prohíbe terminantemente la caza del cánido en todo el territorio nacional, da igual que sea al sur o al norte del Duero. Y eso tiene consecuencias. No aplicar sensibilidad y sentido común a la política tiene siempre consecuencias indeseables.
No parece una acción muy invasiva para el común de los mortales porque el lobo merece nuestro respeto y nuestra protección. Lo que pasa es que el urbanita que siempre da lecciones desde su intocable atalaya moral parece no conocer a ningún ganadero de ovino en extensivo que tenga su explotación en plena Sierra de la Culebra, en la provincia de Zamora; en Valberzoso, en Palencia, o en Matueca de Torío, en León, por poner tres ejemplos.
Los ataques del canis lupus al ganado forman parte de una realidad inmutable pero, ya que hurgamos sin descanso en la naturaleza y ya que el lobo no tiene otro depredador natural más que el ser humano, dejar que se reproduzca sin trabas y campe por sus respetos perjudica gravemente a quien se dedica a la ganadería. 
Un ataque, una ‘lobada’, como suele decirse, se traduce en reses muertas; mordidas, muchas de las cuales también morirán, animales abocados a parir que pierden la cría y la desestructuración del rebaño. Además, tras un ataque, no pocos ganaderos me han comentado que lo han dejado correr para no verse sepultados en papeleos.
En este caso, no será porque las organizaciones agrarias no hayan intentado consensuar medidas. Los sindicatos mayoritarios, Asaja, UPA y COAG están que trinan, después de comprobar cómo el Miteco ha seguido su postulado con contumacia para aplicar la misma medida en todas partes, aunque la población de lobos -que se estima en cerca de 3.000 ejemplares repartidos por Galicia, Asturias, Cantabria y, sobre todo, Castilla y León- se concentra de forma clara en unas pocas provincias, con especial presencia en la de Zamora. 
No nos confundamos. En absoluto digo que haya que acabar con el lobo. Ni hablar. Solo insisto en que la política está para mejorar la vida de todas las personas, no para contentar a unas pocas y para perjudicar a otras que, posiblemente, supongan menos votos, llegadas las siguientes elecciones.
Pero, ojo, que unos 15 millones de personas viven en el mundo rural y muchas están hartas de mismos impuestos con menos servicios, lecciones de moral, promesas incumplidas, rodillos y falta de consenso. Y esas personas también votan.