HACIENDO MIGAS

Marina Ribel

Periodista


Desde dentro

Escribir esta columna es arriesgado. Mi valoración del viernes puede quedar en todo un bluf el domingo. No voy a venirme tan arriba como en la porra del trabajo, y eso que presumo de acertar casi todas -con casi todas me refiero a la de Trump y a la de Eurovisión-. Así, en general, diré que creo que Vox va a entrar con muchísima fuerza en el Congreso, más de la que muchos, que esperan mucho, esperan. Puede ser cierto síndrome de Estocolmo o la percepción limitada de dos semanas de campaña siguiendo todas las informaciones de este partido, pero apuesto a que serán tercera fuerza. 
¿Cómo funciona la estrategia de la formación de extrema derecha? Tres pasos: provocación, demagogia y crítica mediática. Vox calienta a sus seguidores e incita al odio contra quien ha identificado como sus enemigos: Pedro Sánchez, los independentistas, ‘los progres’ o, por ejemplo, Antonio García Ferreras. Con la masa enfervorecida, lanza falsas promesas y mensajes repletos de vaguedades que su público recoge con euforia, pero que son irrealizables. Como los medios mienten, cualquier periodista que vaya a poner en evidencia estas alocuciones está manipulando. Es una ‘fake news’ y ya está. Círculo cerrado. Nadie lo cuestiona entre tu audiencia. 
Lo primero que ocurre en un mitin de Vox es la proyección en la pantalla gigante de imágenes del ‘enemigo’. Gabriel Rufián, Pablo Iglesias, Pepa Bueno… Van saliendo unos detrás de otros mientras la multitud grita y abuchea. El proceso dura una media hora. De fondo, a veces suena Coti, a veces Manolo Escobar y, a ratos, ‘El novio de la muerte’. Llegado el momento sale al ruedo la súper estrella. La audiencia se entusiasma, aplaude, agita con ahínco la bandera, se agolpa para saludar a Santiago Abascal. Le regalan rosarios, fotos, cartas, le piden selfies, le gritan «¡presidente, presidente!» y, de vez en cuando, se escucha algún «facha y a mucha honra». A continuación, un speaker con la energía de la tómbola y el tono de la feria presenta a los oradores y en el escenario comienza la verdadera fiesta.  
«¡Con Vox los golpistas entrarán en prisión!», aplausos. «¡Cerraremos las televisiones privadas de ‘los progres’!», más aplausos. «¡Podréis defender vuestra casa con armas!», gritos de alegría. «¡Por fin van a entrar los legítimos representantes del pueblo español!», abrazos, aplausos, besos y brincos. Asisto a estas escenas con estupor y me pregunto si alguien, entre los miles de fieles, estará poniendo en tela de juicio algo de todo esto.  
Afirman que los investigados catalanes entrarán en prisión si gobiernan, como si fueran jueces del Tribunal Supremo. Se llenan la boca cargando contra quien se ha saltado la Constitución y, a la vez, aseguran que cerrarán medios no afines, como si el artículo 20 no existiera, ni con él la libertad de prensa. Defienden la vida -de los que quieren morir y de los que aún no han nacido- y a la vez defienden las armas. Y nos dicen que ahora sí llegan unos representantes públicos legítimos, como si en este sistema político que nos rige y que les permite presentarse a unas elecciones, los ciudadanos lleváramos 40 años votando a cactus.  
Desde este domingo habrá que enfrentarse a todo esto a gran escala. A la nueva visibilidad que les dotará el parlamento. Al poder de los augurios confirmados. Qué miedo.   
 


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