SIN RED

Loli Escribano

Periodista


Yolanda

17/07/2020

Once días después del espantoso accidente de Golmayo, parí a Yolanda. «Cuántos años hace que no nace una Yolanda», dijo la matrona, en el paritorio, al ponerle la pulsera. Eso me encantó porque pensé que un nombre diferente haría a mi hija diferente. No me gustan los clones. Me gustan las personas con identidad propia y Yolanda la tiene. Me estrené como madre hace justo veinte años. El 6 de julio de 2000, mientras caminaba por el arcén de la N-122, observando el panorama desgarrador, llorando y escuchando aquel sonido terrible de los cerdos que quedaron atrapados en el camión, me  protegía la barriga con mis manos y le preguntaba a mi hija, «¿cómo te va a afectar todo esto?». 
No sé si Yolanda recibió también la impactante impresión que supuso para mí aquel escenario tan cruel. Lo que sí sé es que Yolanda es una mujer con carácter, de ideas firmes y convicciones propias. Desconozco si lo es condicionada por aquella experiencia prenatal once días antes de venir al mundo o por otros elementos genéticos o educacionales. Quizá también por esa tétrica experiencia vivida en mi vientre, ha desarrollado una capacidad excepcional para transmitir vitalidad. Yolanda es vida. A veces pienso que se apropió de todas las de los jóvenes que se frustraron aquella tarde en la que el asfalto se derretía. Cumple veinte años rodeada de ancianos. Es auxiliar de enfermería y cuando habla de las vivencias con sus abuelos de la residencia, se le agranda la mirada. Parece como si quisiera regalarles la vida que a ella le sobra y a la mayoría le falta. Admiro esa felicidad que irradia cuando habla de las experiencias de su trabajo. Admiro esa seguridad en la elección laboral temprana que echo de menos en los chicos y chicas de su generación. Dice siempre lo que piensa, aunque lo que piense no sea del agrado de quien le escucha. Vive ajena al qué dirán y si dicen, se ríe. Siempre se ríe. Me encantan las personas que ríen y sonríen. Yolanda tiene una sonrisa enorme y abierta que envidio y no me canso de observar. Se inventa palabras para su hermano como yo las inventaba para ella y para él cuando eran pequeños. Palabras cariñosas que se convierten en ese puente que les une de una manera cómplice. Las madres y los padres tendemos a buscar nuestros genes en nuestros vástagos. A veces me veo en ella como cuando se compra un ukelele para abandonarlo en una balda de una estantería a las dos semanas como yo hice con la guitarra española. Otras veces, no atisbo ni un solo rasgo mío en sus comportamientos. Yolanda cumple veinte años y recuerdo su olor de recién nacida como si fuese ayer. Los besos que dejé en su cabecita pelona y rubia, en su ombligo, en sus pies. Yolanda, la niña deseada que me hizo madre. Felicidades, hija (no pongo cuchifritina que se enfada). 



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