Óscar Gálvez

Periodista. Director editorial Castilla y León Promecal


Y con Rajoy llegó el relajo. O no.

El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy ofreció el viernes un rato de relajo entre tanto sobresalto a sus compañeros de partido de Castilla y León. No hay que ser un hacha para intuir que detrás de la innegable estabilidad del Gobierno regional existe un día a día en el que gestionar los mil y un charcos en los que se mete el vicepresidente de la Junta y portavoz, Francisco Igea, puede resultar agotador. Así que un rato de los dirigentes populares, con su presidente Alfonso Fernández Mañueco a la cabeza, en compañía del Rajoy más dicharachero, ya despojado del corsé presidencial y que aplica la retranca como posiblemente solo un gallego sabe hacer, distrae lo suyo. De todos es también sabido que Rajoy, cuando improvisa en lugar de leer, es un maestro en trabarse, de manera que algunas de sus caóticas expresiones acaban siendo carne de cañón en las redes sociales.
El viernes, entre reflexión y reflexión sobre el momento político y entre anécdotas y detalles de su libro, que presentó en Valladolid, pronunció una de esas frases que más que hacer pensar a los socialistas quizá tenga que ser a los populares a quienes más les debería llamar la atención: «El PSOE tuvo que cambiar en 2016 de secretario general para abstenerse». Posiblemente, el sentido que Rajoy pretendió dar a su frase no sea el que también puede extraerse ante un escenario actual muy similar al de entonces: evitar ir a unas terceras elecciones, y no sólo eso sino impedir que los independentistas catalanes sean parte decisiva. Pero con el gallego nunca se sabe, quizá sí que quiso decir a su manera que el PP se deba abstener en una investidura de Pedro Sánchez haciendo lo mismo que hizo en su día el PSOE, pero en este caso sin tener que llegar a cambiar a su líder.
El lunes, Pablo Casado tiene una magnífica oportunidad de servir a los intereses de España y ofrecer a Sánchez durante su reunión lo que el presidente en funciones les negó hace tres años. Aquí no puede valer lo de donde las dan las toman, y menos si de verdad se es consciente –y Casado lo es– de todo lo que hay en juego. Ni en aquel momento las urnas dieron la posibilidad de un candidato alternativo a Rajoy ni ahora distinto a Sánchez. Casado tiene que tener mañana la altura de miras y sentido de Estado suficiente para decirle al líder socialista: «Te doy mi abstención para que no tengas que negociar con ERC y podamos echar a andar la Legislatura sin hipotecas indeseables. Después, ya nos veremos las caras en el día a día». Es decir, lo mismo que el PSOE hizo en su día –que ni siquiera condicionó los Presupuestos Generales– pero sin necesidad de sacrificar a su líder por caer también en el empecinamiento del ‘no es no’. No hacerlo reforzaría la tesis de que al PP le sigue dando pavor la cercanía de Vox y que le condiciona su estrategia. A eso también se le llama falta de confianza en sí mismos.



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