COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


Las decisiones de Valls

La política es el arte de lo posible que se conjuga con la teoría del mal menor. El ex primer ministro francés, ligado como independiente a Ciudadanos en Cataluña, Manuel Valls, ha tratado de hacerlo y la jugada le ha salido medio bien y medio mal. Con su decisión de votar a favor de Ada Colau como alcaldesa de Barcelona ha logrado que la Ciudad Condal no acabe como la capital de la nonata y etérea república catalana. Pero en una nueva cabriola sorprendente de la veleta naranja –terminología de Voz para referirse al partido de Albert Rivera-, Ciudadanos se ha sentido ofendido porque el exmandatario galo haya decidido dar cumplimiento a uno de los propósitos de este partido y constituirse en freno de los independentistas.

La consecuencia, más allá de la intrahistoria de las conversaciones inexistentes entre Valls y su jefe de filas es que Ernest Maragall no se ha hecho con el bastón de mando de Barcelona. Lo que tendría que ser motivo de satisfacción se ha convertido en un agravio para Rivera. Cierto que las actuaciones de Ada Colau no ayudan y que su primera decisión fuera reponer el lazo amarillo en la balconada del Ayuntamiento, no por esperada, ha molestado a todos los que le prestaron sus votos.

Sin embargo, a pesar de hacerse los ofendidos, el lance ha ido bien para Ciudadanos:, no hay alcalde independentista en Barcelona, se han podido hacer los ofendidos, han desactivado a Manuel Valls por si tenía veleidades de disponerse a asaltar en algún momento la sede de la calle Alcalá, y le han dejado sin efectivos en Cataluña porque de sus otros dos fieles, uno de ellos, el exministro socialista de Trabajo, Celestino Corbacho, ha vuelto a realizar una operación de tránsfuga recalcitrante y apenas ha sentido que Valls era alejado de la mesa del padre, se ha llevado su independencia a cobi¡o en  la ‘mayor estructura territorial’ de Ciudadanos.

Manuel Valls, además ha decidido quedarse en Barcelona, ha optado por trabajar por la ciudad, no abandonar su acta de concejal y tampoco intentar crear un nuevo partido a pesar de que considera que hay hueco para una formación que sirva tanto de freno al independentismo como a la ultraderecha, con la que el partido naranja pacta en las instituciones, a pesar de que lance señuelos para ocultar lo evidente, que sin pactos a tres tomados dos a dos se habría visto que el Partido Popular, como el rey del cuento, paseaba desnudo. El hueco en el que Valls podría buscar apoyos son los 600.000 votos que Ciudadanos ha perdido en Cataluña desde las elecciones de diciembre de 2017 hasta las recientes municipales en el Principado.

Pero como la política es un torneo que se juega en muchas pistas, a Ciudadanos le queda ahora dar otro paso de decisión y  determinar quién será el próximo presidente de la Diputación de Barcelona, una de las más importantes de España por el volumen económico que maneja y su número de funcionarios, por la que también compiten el PSC y ERC. Puede seguir optando por el cuanto peor mejor para sus intereses o por el mal menor. Corbacho se ha comprometido a votar al candidato no independentista y tendrá que explicar porqué lo que es bueno en la Diputación le lleva a abandonar a Valls en la alcaldía, cuando para Rivera el PSC es el colaborador necesario del independentismo y está alejado del constitucionalismo.  


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