Editorial

La división del independentismo y la pérdida de respaldo popular

-

La inminente sentencia del procés y el juicio por desobediencia al presidente d e la Generalitat. Quim Torra, al negarse a retirar durante la pasada campaña electoral los lazos amarillos de edificios públicos, marcó una celebración de la Diada mermada en participación y en intensidad. Una cita en la que se escenificaba la creciente división de los principales actores del secesionismo y en la que asistió a un nuevo episodio del divorcio entre Esquerra Republicana y Junts per Catalunya. Tan solo los esfuerzos de última hora de la ANC han logrado sostener una convocatoria, bajo el lema Objetivo independencia, en la que se demandó unidad de acción y hubo proclamas en favor de la desobediencia y el boicot a las empresas del Ibex 35 entre cánticos contra el Estado o la monarquía. Nada nuevo bajo el sol. 
A estas alturas, dos años después del mayor desafío contra el Estado español, de la aplicación del 155, del ingreso en prisión de los que agitaron la revuelta, los impulsores del proceso independentistas habrán tenido tiempo de comprobar que sus aspiraciones, aunque no se verbalice, son poco más que una quimera. Así, los diferentes partidos ya han comenzado su particular sálvese quien pueda con posturas enfrentadas, sobre todo cuando hay votos en juego. ERC, con un Gabriel Rufián que, con una sorprendente metamorfosis, representa mejor que nadie el viraje de la formación hacia la moderación, y JxCat siguen caminos opuestos para hacer prosperar sus propios intereses por encima del objetivo común que supuestamente sigue siendo la independencia. Ni unos ni otros, tampoco la CUP, estuvieron juntos en la marcha. Los independentistas ya están en modo electoral y mientras ERC no ve con malos ojos un adelanto de los comicios en una Cataluña que vive con los presupuestos prorrogados, los del fugado Puigdemont consideran que un paso por las urnas iría contra sus intereses. Ya en la escena nacional, los republicanos han ofrecido de forma incondicional su apoyo a Sánchez para la formación de Gobierno mientras que JxCat mantiene su pulso, instalados en posturas más radicales.
De forma paralela a la división política, el clamor en la calle se va apagando. Superado el proceso de ensoñación independentista, crece el desánimo. Si en 2018 fueron cerca de un millón de participantes en la Diada, la Guardia Urbana cifraba la asistencia este miércoles en 600.000 personas. El secesionismo da signos de debilidad y vive momentos bajos, pero mal harían las fuerzas constitucionalistas en bajar la guardia. ‘Vetados’ en una Diada que solo representa a los separatistas, se hace necesario un mensaje de unidad y que Cataluña no se utilice como arma electoral, algo tan improbable como la propia independencia