LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Los diez mandamientos

25/12/2020

Nuestra vanidad personal y soberbia nos lleva a pensar que vivimos tiempos convulsos. Cualquiera diría que estamos pasando por una prueba que rebasa la resistencia humana. En un ranking histórico de sufrimiento la humanidad actual no dejaría de ser como Alemania en Eurovisión, un firme convencido de la competición pero que nadie se molesta en votar. En el terreno económico sí que podemos estar orgullosos, porque jamás nadie se había hecho voluntariamente tanto daño y encima con un disfrute masoquista.

En esta época de gestos vacíos, no se puede ser nadie si uno no desarrolla una profunda empatía por el sufrimiento ajeno. Ningún titular de periódico se destinará al victorioso en un reto o al que supera un hito espectacular, sino que se lo dedicaremos a la víctima, a quien sufre. No porque su dolor sea merecedor de reconocimiento, pues ningún sufrimiento provocado por otro es mérito propio. Creemos que somos peores personas si no desplegamos un sentimiento de solidaridad indiscriminado hacia nuestros semejantes.

A lo largo de este año, salvo alguna honrosa excepción, la clase política se ha centrado en un guarismo macabro sin meditar su impacto económico. Se ha equiparado la eficiencia de un gestor con la ausencia de infectados o de víctimas mortales, como si los políticos tuvieran dicha potestad. Los gobernantes se han acostumbrado a limitar nuestros derechos por un pretendido bien común, cuando se han olvidado de que están para servir y no al revés.

En Occidente, los políticos le han cogido el gusto a poseer unos poderes impropios de una democracia. La prosperidad solo florece en libertad, gracias al respeto a la dignidad humana y confiando en los ciudadanos responsables; sin ellos la pobreza se expande.

Acaba un año difícil y el siguiente será mejor porque la capacidad de recuperación humana nos hace tender al futuro, aunque esté labrado en un error colectivo mayúsculo. Ningún general podrá librar batalla alguna si piensa que los soldados de su propio bando morirán fruto de sus decisiones; confiar entonces en ganar la guerra es utópico. Necesitamos análisis fríos y constructivos que se alejen del sentimentalismo barato. En una pandemia es difícil distinguir cuál es el precio correcto, porque puede ser peor el remedio que la enfermedad.

Han pasado tantas generaciones antes cuyo recuerdo nos lleva al monólogo del replicante Nexus 6. ¿Para qué estamos aquí? ¿qué estamos haciendo con nuestro presente? Somos aves de paso y deberíamos amar la libertad.



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