LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Gigante

Ya de pequeño me resultaba indescifrable la parábola de los talentos, en la que el rechazo al riesgo me parecía la mejor opción y eso que estábamos en la versión amable del Nuevo Testamento. En el Antiguo los métodos expeditivos de Dios tenían más que ver con la dureza de corazón que pululaba por la tierra (una forma sutil de nombrar la brutalidad extrema).

Es común observar que los valores que imperan en esta sociedad son los de la igualdad como principio absoluto, sin importar qué responsabilidad personal tenga el individuo en el resultado que soporta.

La clave de la prosperidad de Occidente reside en la creación de empresas. Puede que el ego, la ambición o incluso la codicia las justifique al inicio, pero provocan una sana generación de empleo. Sin emprendedores, es imposible poseer una economía dinámica que genere riqueza y distribuya prosperidad. Cada salario supone un ingreso cierto en un núcleo familiar determinado, recursos que permiten una libertad individual y aportan una lógica autoestima. Basta con observar los efectos devastadores del paro estructural para intuir que, pasado cierto umbral temporal, la reincorporación puede devenir imposible.

Esta evidencia choca con la defensa numantina de la igualdad porque demoniza las cualidades que permiten florecer las diferencias. Un emprendedor tiene un sueño y un afán de libertad que el resto no podemos comprender, pero por inteligencia debemos desear que haya muchos para generar empleos. Gente bienintencionada intenta regular de manera excesiva las condiciones laborales como si no tuvieran consecuencias. Si los costes laborales aumentan por encima de los ingresos, es una cuestión de tiempo que el empleo se reduzca. Si encima atacamos a los soñadores, no habrá riqueza que repartir.

Este argumento no anula la responsabilidad del empresario o del ejecutivo pues no puede ser frívolo en sus decisiones al tener consecuencias en la vida de terceros. Resulta triste comprobar salidas bien retribuidas de ejecutivos que han destrozado la empresa que han dirigido.

Las motivaciones de los soñadores nunca me han importado, pero tal y como nos recuerda la parábola, es importante saber qué frutos se han obtenido con esos talentos. Un sueño que no mire más allá del horizonte personal del dueño es un despilfarro inmoral. Sigo sin comprender cómo en Estados Unidos la dependencia a un líder mesiánico se puede considerar un activo empresarial. Algunos no saben cuándo tienen que irse. Para defender la libertad empresarial hay que demostrar que se ejerce con responsabilidad. Alguien debe dormir mal.


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