LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


El reloj asesino

18/12/2020

Siempre se encuentra alguna mente brillante que reflexiona sobre la pesada carga que significa el tiempo en la vida del hombre moderno. La llegada del reloj y la electricidad rompió el equilibrio vital del individuo con los ritmos del planeta. La idea resulta sugerente, sobre todo si tu gestión de los tiempos es tan nefasta que nunca llegas a donde quieres cuando debieras. Su existencia presiona a mucha gente, que con tal de no fracasar, ni se esfuerza desde el principio en ser puntual.

Es posible que exista la impresión de que el mundo va tan rápido, que nos cuesta asimilar sus cambios o mantener su frenético paso. Con las nuevas tecnologías es fácil pensarlo, pero si nos paramos un segundo en meditar qué cambios son estructurales, la realidad es menos espectacular. El incremento de la esperanza de vida debería habernos dotado de perspectiva pero parece que lo único que ha conseguido, es un miedo atávico a no irse antes de tiempo. El apego al instante empieza a ser enfermizo en todas las generaciones. No significa esto que el presente no sea importante al ser un juez honesto de nuestros éxitos, engaños y fracasos; sin embargo, nos impide reflexionar sobre la dirección de nuestros actos. Cualquier lector lo suficientemente estoico como para perseverar en la lectura de esta columna, detectará una firme defensa de la estrategia y la perseverancia. No basta con tener ganas, energía e ilusión, ya que todos estos elementos no sirven para nada si uno no va en la dirección correcta.

Los medios de comunicación han caído en la trampa del tiempo. Su obsesión por la inmediatez, como si no hubiese un mañana, les ha forzado a despreciar la calidad del producto, ignorar el valor del prestigio con una aparente defensa de la verdad y decir que les preocupaba la viabilidad de los negocios, cuando justamente cometían suicidios empresariales.

Parte del valor del sector mediático, se sustenta en la autocrítica feroz exponiendo sus debilidades sin resaltar sus fortalezas. Las democracias necesitan portavoces que relaten lo que ven, fiscalicen los actos ajenos y nos hagan estar alerta de los excesos públicos. Para alcanzar estos objetivos hay muchas formas de dar la noticia y es esta pluralidad de soportes la clave. La sociedad necesita información veraz, pero los medios deben dejar de comportarse como adolescentes desquiciados por la inmediatez. Si fallamos en esta batalla nos tendremos que conforman con vivir en una oclocracia.



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