CARTA DEL DIRECTOR

Iván Juarez


De la primera luz al fundido a negro

Son los dos momentos más trascendentes en el recorrido de todo ser humano, desde la casualidad casi azarosa que hace que uno vea la luz hasta el momento en que uno, casi siempre contra su voluntad,  baja la persiana. También este último trance puede llegar, y lo hace en muchos casos, de forma sorpresiva, inesperada y sin previo aviso; en otros casos la cita con el barquero Caronte llega tras el anuncio de una dolencia, de un proceso que va anticipando el final de nuestros días (la buena salud es un estado pasajero que no presagia nada bueno, todo lo que viene después solo puede ir a peor).  Ambos instantes, el principio y el final, génesis y ocaso se producen con distinto grado de conocimiento, ya que no recordamos ese trámite decisivo que supone el corte del cordón umbilical. Sin embargo, en un momento como en otro, íntimos, el Estado, gobierno y aspirantes intentan interceder con distinto grado de agresividad e intensidad más en periodos electorales donde asuntos que no se ha puesto en ocasiones sobre la mesa en periodos anteriores de una forma sosegada se quieren resolver de un plumazo los quince días que preceden al paso por las urnas.
Es de agradecer, y muestra de una sociedad salubre, que se aborden determinados asuntos, aunque sea en época electoral, pero también que se haga tanto desde la determinación como de la sensibilidad necesaria, huyendo de tacticismo electoralistas y haciendo gala de una sensibilidad necesaria máxime cuando se trata de temas espinosos que afectan a lo más profundo de la persona. Ese intervencionismo político y afán por controlar tanto el momento de llegar a este mundo como el del adiós se hace patente en estas fechas y las burradas son mayúsculas, así como la instrumentalización de los implicados que somos, en mayor o menos medida, todos. Comenzando por el aborto, un tema que resurge en la plaza pública de tiempo en tiempo, el debate se ha recrudecido en estas elecciones sobre todo en la disputa por el voto conservador donde vuelan los cuchillos. El PP, tal vez condicionado por la dureza discursiva de Vox al que ve como enemigo, derrapa una y otra vez en este tema. Desde la tesis neardental de Suárez Illana, los viajes al extranjero para interrumpir el embarazo deslizados por Teodoro García Egea, mano derecha de Casado, o la última ocurrencia de Díaz Ayuso, candidata del PP en Madrid que propone considerar al «concebido no nacido» como miembro de la unidad familiar. No estaría de más que la invasión en nuestro espacio más íntimo, principalmente del sector femenino, venga precedida de una estrategia seria y calmada alejada de disparates irrespetuosos. Un asunto en el que patina el PP porque además, el aborto, como demuestran las encuestas, no está en la agenda de preocupaciones de los españoles. No es de recibo limitar el papel de la mujer y reducirla a una función repobladora o como herramienta para sostener el sistema de pensiones como han sugerido algunos.
De la línea de salida que es el nacimiento a su antítesis. La semana pasada nos conmocionaba la historia protagonizada por María José y Ángel, un suicido asistido previamente pactado, escenificado con luz y taquígrafos para poner punto final a la vida de la primera aquejada de una enfermedad degenerativa. La falta de una ley de eutanasia que facilite el trámite penaliza un acto heroico hacía un ser querido, lleno de contradicciones. Es misión de las administraciones aliviar de este peso a la sociedad aunque suponga desterrar ciertos postulados heredados del hecho religioso del que todavía es difícil despojarse. El dolor en caso de Ángel es doble, reconocido por él mismo, por su «pérdida y por lo que he tenido que hacer». Si le sumamos además la criminalización del caso y que este haya sido derivado a un tribunal de violencia de género viene a enturbiar la difícil alianza entre una persona derrumbada por la enfermedad y su liberador.  Sin esta intención, Ángel se ha convertido en un mártir por la causa al poner la eutanasia en primer plano aunque, siendo pesimistas, también lo fueron Ramona Maneiro y Sampedro hace 20 años y todo quedó en papel mojado. El hecho de que se haya reabierto en pleno periodo electoral es un arma de doble filo, porque si bien habrá compromisos que quedarán grabados estos son fácilmente incumplidos cada vez con menos pudor por quienes los pronuncian.
Hemos llegado a un extremo en el que la vida, su comienzo y su final, se ve reducida a una búsqueda de votos en un estéril discusión que no redunda en medidas que evidencien que formamos parte de una sociedad madura, de una democracia que se sacude lastres y que atiende a los cambios sociales. Cierto es que en este y en otros ámbitos ha de haber controles garantistas para evitar desmanes, pero la política ha de servir para aliviar el peso de las personas en momentos dolorosos, traumáticos pero que, a modo de consuelo, se convierten en la expresión máxima y última de su libertad individual (no hablo de suicidios que es otra lacra que requiere otros tratamientos y atenciones).
Conmocionado por la cercanía de un suceso que tendrá sus secuelas, sobre todo para el Ángel bienhechor, las autoridades han de emplearse con responsabilidad y demostrarnos que no solo formamos parte de un proceso de trazabilidad, votos útiles desde que vemos la luz hasta que fundimos a negro.