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Loli Escribano

SIN RED

Loli Escribano

Periodista


La pintura de color carne

03/09/2021

En mi época escolar la pintura más cotizada era la de color carne. En las cajas de las Alpino y de las Plastidecor, solo venía una de color carne. Había azul clarito y oscuro; verde clarito y oscuro; rojos y rosas, amarillos y naranjas; pero la de color carne era única, no tenía gamas. Era imprescindible, pensábamos, para colorear los dibujos humanos que pintábamos casi a diario. Si querías que te quedara piel de niño, apenas acariciabas un poco el papel; si querías que pareciera una piel más adulta solo había que apretar hasta partir la punta. ¡Qué drama la mina rota! El color carne era, en realidad, un rosa palo al que los alumnos acudíamos para pintar caras, brazos y piernas. En mi infancia no convivíamos con personas de otras razas así que solo pintábamos niños, niñas, padres y madres con la pintura de color carne tan apreciada por única. Cuánto se dibuja en los primeros años escolares y qué poco cuando se va llegando a la adolescencia. Según se iban escalando cursos, nuestros estuches iban vaciándose de pinturas, reglas, sacapuntas y lápices para quedarse solo con un Bic azul y otro, rojo. Sabías que habías terminado la infancia, porque tu estuche de dos pisos había sido sustituido por un sencillo portabolis. 
Me acordé de la pintura de color carne visitando en el Centro Alameda la exposición, Los ojos que te miran, de Julita Romera. Las seis sábanas en las que capturó las miradas de los sanitarios que nos atendieron desde el inicio de la pandemia ya han recorrido múltiples espacios urbanos y otros cerrados. Las hemos visto colgadas del árbol de la música, de las fachadas del collado, de la terraza de la propia Julita, de las ventanas del Hospital Santa Bárbara y de la Diputación, dentro del edificio del campus, del aula cultural San Vicente de Almazán o del pabellón de Los Pajaritos. Aunque ya las he visto tantas veces en ubicaciones tan diferentes, cada vez que contemplo esas miradas, me acuerdo de la pintura de color carne. Las mascarillas y epis que pintó Julita apenas dejan espacio para adivinar la piel de los seis retratados, pero en ninguno de ellos ha usado el color carne; aunque son personas de carne y hueso. Sanitarios con nombres y apellidos que se convirtieron en una metáfora del miedo ante una nueva situación más propia de una película de ciencia ficción que de la vida real. Si te detienes un rato ante cualquiera de las seis miradas te das cuenta de que transmiten vida. Es paradójico, porque como la propia Julita ha confesado, en muchos momentos lloró de manera desconsolada mientras pintaba esos ojos. A pesar de que de los suyos brotasen lágrimas, en los que pintó brota la vida sin necesidad de utilizar la pintura de color carne que en mi infancia creíamos imprescindible para dar realismo a nuestros dibujos humanos.