JALÓN POR LA VEGA

Silvia Garrote

Periodista


Dos veces muerta

En estos días trascendía la tragedia de una mujer joven que se suicidó al comprobar cómo un vídeo de contenido sexual era compartido por sus compañeros de trabajo, una planta de Iveco en el barrio madrileño de San Blas. El vídeo, grabado hace años, llegó a su entorno familiar y, al parecer, la mujer no pudo soportar la presión a la que se vio sometida y se quitó la vida. Su muerte es, como digo, una tragedia, porque deja además dos niños pequeños y seguramente, una familia destrozada. La segunda muerte de esta mujer ha llegado al trascender el caso, ya que ha aparecido su identidad, e incluso, su imagen, y con ellas, las especulaciones más variopintas, con un trasfondo de juicio detrás como ocurre en casi todos los casos donde mujer y sexo están presentes. 
Y luego están los programas televisivos tan consumidos, en los que se hace carnaza de todo tipo de sucesos, no digamos en este caso, con todos los elementos para captar la atención. Y ahí los colaboradores, todo ese plantel de personajes que hacen lo que sea para seguir viviendo sin trabajar, sientan cátedra con sus opiniones rastreras, como las palabras del ex torero Fran Rivera, quien señaló hablando de este caso que «los hombres no somos capaces de tener un vídeo así y no enseñarlo». ¿Saben lo peor de todo? Que tiene parte de razón. El machismo intrínseco de esta sociedad continúa juzgando de manera diferente la actitud de las mujeres y de los hombres frente a la sexualidad. En el caso de esta mujer es un hecho fehaciente de que sigue ocurriendo. Es muy fácil ponerse en el lugar de la víctima, la presión que debió de sentir, las burlas, los cotilleos, la expansión rápida del vídeo con sus correspondientes comentarios… ¡Qué distinto hubiera sido de ser el hombre el protagonista! Esos casos sólo trascienden cuando se trata de famosos futbolistas, por ejemplo, pero siempre ellas son las juzgadas y ellos tratados poco menos que de héroes. Las mujeres, aún siendo víctimas de agresiones sexuales, siguen siendo ‘culpables’ de alguna manera; todos tenemos en la mente casos gravísimos en los que así ha sido y esto no es sino el afloramiento de un machismo que hace mucho daño, directa e indirectamente. 
Las bondades de Internet tienen su cruz en estos casos y en muchos otros. Las legislaciones van por detrás en materia de protección de datos, de salvaguarda a la imagen, al honor y a la intimidad de las personas. La facilidad en la transmisión de los datos se confunde con un ‘todo vale’ en el que es difícil distinguir lo real de lo irreal, lo dañino de lo que no lo es e, incluso, lo que puede constituir un delito. Y en este sentido hay una población especialmente vulnerable: los más jóvenes. Recientemente se ha publicado un estudio que señala que los ‘pornonativos’, esos chicos y chicas que tienen acceso al porno a través de Internet antes incluso de dar su primer beso están expuestos a tener una idea confusa de la sexualidad, ficticia, en la que la mujer tiene un papel de sometimiento continuo. Si a esta situación le añadimos la casi ausencia de educación sexual en los centros educativos tenemos un cóctel explosivo en la mente de los jóvenes, que pueden terminar viendo ‘normal’ lo que son situaciones de abuso hacia las mujeres. 
¿La solución? Como siempre, la educación, la que necesitamos para entender la sexualidad en un plano de igualdad, y también para gestionar las emociones y la frustración y empatizar con los demás. 


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