JALÓN POR LA VEGA

Silvia Garrote

Periodista


Pin, pon, pan

01/02/2020

Ojalá se pudiera concentrar el tema del pin parental en el estribillo jacarandoso de la sanjuanera y se quedara en eso, en una canción de juerga. El tema del pin parental llevado a la palestra por Vox, con la aquiescencia de una parte del Partido Popular, es para muchos un debate menor, aunque ahora mismo esté en boca de todos, una cortina de humo para desviar la atención informativa. Para otros, sin embargo –entre los que me incluyo-, el asunto tiene mucha más trascendencia de lo que aparenta. Se trata de la injerencia de la política en el campo educativo, del debate de quién debe educar en valores a los alumnos y alumnas, de la libertad de cátedra, de la manipulación informativa… Aunque lo más preocupante es lo que subyace en el fondo, que no es otra cosa que el intento de controlar el sistema educativo como pieza fundamental para controlar el futuro de un país. Y en este sentido, parece ser que las fuerzas de la ultraderecha lo tienen claro. 
Es posible que el pin parental se quede en una anécdota, pero el daño está hecho, porque el tema se abre ahora a la manipulación informativa y a la autocensura en los centros. La reacción de parte de la comunidad educativa al asunto ha sido tibia, como si no se terminaran de creer tamaña estupidez, pero debería ser mucho más contundente por parte de todos, en defensa de la libertad de cátedra y del sistema educativo público. Porque es una amenaza en toda regla. Cuando yo iba al colegio (público Las Pedrizas, en Soria capital) comenzaba un movimiento para implicar a los padres en la educación de sus hijos e hijas, una Escuela de Padres (que así se llamaba) que no solo intentaba cambiar el modelo unidireccional del sistema educativo, sino que buscaba que los progenitores (sobre todo, ellos) no fueran totalmente ajenos al proceso de la educación. El papel de los padres se limitaba entonces, en la mayoría de los casos, a castigar cuando llegaban las notas. Lo de desconocer el nombre de los profesores, e incluso el curso exacto al que acudían sus hijos, era bastante común. La Escuela de Padres intentaba cambiar ese modelo y su relación con los centros, era el germen de la comunidad educativa, en la que administración, profesorado, padres y madres y los propios alumnos y alumnas tenían que ponerse de acuerdo, porque todos tenían un papel relevante en el proceso de educar.
Hoy, los padres hacen grupos de whatsapp para aliarse contra determinado profesor o profesora, y aprovechan para ponerlos a caldo. Cuestionan su profesionalidad, su valía, sus métodos y actúan como grupo organizado. El profesor no se ve como un aliado en la educación de los hijos y las hijas, sino como un enemigo. Da miedito. Retroceso absoluto.
Hay que tener verdadera vocación para querer enseñar por encima de todo: un proceso laboral insufrible, una burocracia asfixiante, una metodología obsoleta, unos chavales que llegan con muy poca motivación que desconocen por completo la cultura del esfuerzo, unos padres que se creen con derecho a todo y que seguramente no se estén enterando de nada y ahora, además, los políticos y sus intereses partidistas metiendo mano en el asunto. 
Pin parental sí, para parar a algunos padres y madres. 



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