Cariátide

Laura Álvaro

Profesora


Ministerios en pro del bien común

Estamos de estreno. Tras una moción de censura y dos procesos electorales por fin contamos con un gobierno, el primero en coalición de la historia de la democracia en nuestro país. Y tan largo ha sido el parto, que al final ha resultado múltiple, porque el gran número de ministros y ministras implicados en el mismo también es una novedad: el número de carteras no era tan numeroso desde los tiempos de Suárez. ¿Qué nos depara esta nueva andadura política? Reflexionando en lo que a educación se refiere, me llama la atención la diferenciación del gobierno entre los diferentes niveles, con la creación de un Ministerio de Educación y otro dedicado a Universidades, retomando así una organización que no se producía desde, una vez más, el Gobierno del primer presidente electo en España. 
Bajo mi punto de vista, en nuestro país pecamos mucho en esto del divide y vencerás. Nos cuesta eso de trabajar en equipo, ir todos a una, cuando realmente es la estrategia que más éxito garantiza. Y en educación no podía ser una excepción. Recuerdo con nitidez una de las primeras veces que me lancé a las calles con fines reivindicativos. La razón no fue otra que reclamar una equiparación de los cuerpos de docentes de primaria y secundaria. Sin embargo, nuestro requerimiento cayó en saco roto, y hoy en día es complicado aunar criterios. 
Vaya por delante que la elección de las cabezas visibles de ambos ministerios sí la considero un acierto. Especialmente, el sociólogo Manuel Castells tiene mucho que aportar, ya que cuenta con una amplia experiencia en el mundo de la academia. Parece además que empieza con fuerza, y acaba de anunciar una supergira que le llevará a visitar todos los campus de España. Sin embargo, creo que algo falla cuando se desvincula, ya de manera oficial, la formación básica con la superior. 
Una de las grandes quejas de docentes de uno y otro lado es la falta de conexión entre investigación y mundo real, que se refleja en una prioridad por la teoría -en detrimento de lo práctico- en el entorno universitario. De hecho, en las facultades de Magisterio (o, al menos, basándome en mi experiencia como alumna y como profesora), la ausencia de profesionales que conozcan la realidad de un aula es muchas veces la crítica más recurrente entre el alumnado. De esta forma, la división de ministerios parece que no viene más que a alimentar la citada desconexión entre teoría y praxis, ahondando en las jerarquías dentro de los profesionales de la educación, que relegan a los maestros –la base- a un papel secundario. Nos encontramos así con colegios, institutos y universidades que, lejos de trabajar de forma colaborativa, parecen competir entre ellos, desvinculándose totalmente unas etapas de las otras. La realidad es que en la educación de un solo estudiante intervenimos todos –en mayor o menor medida- y solo un trabajo en conjunto, un ejercicio de inteligencia colectiva, garantizaría el éxito.  En los entornos de la formación –como creo que sucede en cualquier otro colectivo- no es raro escuchar quejas hacia uno u otro lado. Esto, más que tener una causa concreta, parece ser parte intrínseca del carácter español. Sin embargo, si en algo deberíamos aunar criterios es en lo relativo a la educación, ya que es la base de todo. Solo me queda desear que Castells y Celaá compartan esta visión y trabajen codo con codo en pro del bien común.



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