TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Ahora, Leonor sabe que su vida va a ser difícil

Cuentan los expertos en cosas y casas reales que, aquella noche aciaga del 23 de febrero de 1981, el rey Juan Carlos quiso tener junto a él a su hijo, Felipe, 13 años entonces, para que aprendiese en directo y a lo vivo lo que es una situación de crisis. Yo creo que el niño, aunque muerto de sueño, aprovechó aquella lección. Luego hizo su debut en los premios Príncipe de Asturias, y todo eso que tantas veces se ha repetido estos días, aprovechando que su hija, la princesa Leonor de Borbón Ortiz y Grecia Rocasolano, hacía este viernes su aparición estelar en Oviedo ante los micrófonos, con una intervención de unos pocos minutos. 
Día tremendo, a fe mía, para convertirse en estrella: los titulares de los periódicos no iban a estar destinados a la treceañera Leonor, sino a una parte de esa España cuya jefatura del Estado está destinada a heredar, como está oficialmente previsto, esta aún niña, con aspecto de ser algo menor de lo que es, de la que cuentan maravillas acerca de su inteligencia y buena disposición para, como su padre, asumir una tarea nada fácil.
Supongo que, al igual que Don Felipe en aquellos comienzos de los años 80, la princesa Leonor está pudiendo en estas semanas, en estos días, comprobar que no lo va a tener fácil. No creo que España pueda definirse como un país republicano, pero lo cierto es que es cada vez menos monárquico. Y, desde luego, lo que está ocurriendo en Cataluña ayuda poco: la propia figura del jefe del Estado se ha ido debilitado lenta, imperceptible, pero seguramente, en estos años de cierto desgobierno y caos político cierto. A menudo me llaman -hoy mismo- diplomáticos y periodistas extranjeros, sabiendo que me proclamo monárquico, aunque crítico, para preguntarme sobre si yo creo que doña Leonor llegará a reinar. Les digo que me gustaría, si ella se lo merece. Y si las estructuras del país, o sea los representantes de la ciudadanía, se aplican a fortalecer la cúpula del Estado. Confío en lo primero -ya digo que esta aún niña, pese a lo sobreprotegida, corta un pelo en el aire, por lo que me dicen quienes la conocen- y desconfío de lo segundo. 
También dependerá la cosa de cómo su padre, el Rey Felipe, que es uno de los mejores que ha tenido la Historia de España, según mi criterio, sepa, pueda y quiera afrontar lo que le viene encima. El es, sustancialmente, un profesional de la Corona, mucho más que su padre, Juan Carlos I, que se ha ganado un sitio en las páginas históricas por sus cualidades y por ciertos actos de valor en favor de la democracia, pero que también ha introducido algunos serios borrones en las mismas. Y no, no voy ahora a repasar lo negativo, porque quiero dedicarme a hablar del futuro, y no del pasado borrascoso. 
Y el futuro, el inmediato, se llama, antes que Leonor, Felipe. Que tiene que arrostrar muchas, muchas, trampas para osos, abandonos de la causa monárquica y hostilidades contra la propia idea de la Monarquía: más de la tercera parte de los nuevos componentes del Congreso de los Diputados es, con plena legitimidad, abiertamente republicana y prometen luchar por el derrocamiento de la Monarquía. Sería absurdo, y casi suicida, tratar de esconder esta realidad. Supongo que se la habrán explicado de alguna manera a Doña Leonor, aunque no sé si las gentes excesivamente prudentes y melifluas que rodean al Rey con el loable afán de protegerlo son capaces de tal ejercicio; para muchos, increíblemente esto va bien y está siendo bien gestionado. 
Y no. Ya ni los premios Princesa (antes Príncipe) de Asturias son lo que eran. Andan, me parece, como algo devaluados. Claro que no es fácil, por mucho que tengas a una niña encantadora hablando desde el atril, competir con el díscolo, agrio, levantamiento de una de las diecisiete Comunidades de las que se compone el Estado, es decir, España. Personalmente, brindo por que un día cercano yo pueda responder , sin dudas, a quien me pregunte si Leonor va a reinar en este país, en la totalidad -claro está- de este país. Hoy, solamente puedo decir ojalá. Y eso, por supuesto, también me preocupa.


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