SIN RED

Loli Escribano

Periodista


Dos meses después

15/05/2020

Los sociólogos se lo deben estar pasando bomba. No creo que haya muchas etapas de la historia reciente que den tantas situaciones para analizar el comportamiento colectivo de los seres humanos. Empezamos el confinamiento con la sensibilidad a flor de piel, añorando valores y principios y convenciéndonos de que lo material no da la felicidad. Eso fue al principio, porque según han ido avanzando las semanas y según hemos ido abandonando nuestros hogares a golpe de tramos horarios, hemos comprobado que disfrutar de lo material no es incompatible con el gozo del espíritu. Dos meses después ya empezamos a pensar en coordenadas consumistas. Lo cual no me parece mal. Cada cual tiene derecho a ser feliz con lo que le parezca. De hecho la mayoría de los ciudadanos no ha dejado de consumir ni confinados a cal y canto. Las ventas on line han aumentado de lo lindo. Que se lo digan a las empresas de paquetería, probablemente el sector más beneficiado en esta crisis sanitaria. Y como no podía ser de otra forma, en estos dos meses ha vuelto a ponerse de manifiesto que España es un país de pícaros. Mientras los emprendedores más sagaces han sido capaces de reinventarse y buscar beneficio a una situación a priori caótica; también ha aparecido esa casta sempiterna: el pícaro. Ya saben aquella frase popular, a río revuelto, ganancia de pescadores. Siempre, en cualquier situación crítica, aparecen las dos vertientes del ser humano, el doctor Jekill y Míster Hyde. Surge lo mejor y lo peor del ser humano. Mientras muchos se han dedicado en cuerpo y alma a salvar vidas, a apoyar familias en dificultades, a buscar soluciones a problemas; otros han optado por  hacer negocios oscuros. Uno de los más rentables ha sido la venta de mascarillas. La ley de la oferta y la demanda ha propiciado que algunos pícaros, sinvergüenzas o delincuentes hayan traficado, literalmente, con estos productos al principio tan escasos. “Éste es un mundo de traficantes peor que la droga”, me decía literalmente hace algunos días alguien que ha tenido que negociar la compra de grandes cantidades. A la vista de que fabricar mascarillas es realmente sencillo, han aparecido oportunistas y ansiosos que han hecho su agosto a costa del drama de miles de personas y familias. Si fabricar guantes hubiera sido tan sencillo como lo han sido las mascarillas, también se hubiera generado un negocio ilícito en torno a este producto que a día de hoy escasea en todo el territorio español. Dos meses después, somos testigos de estas maniobras retorcidas y truculentas de miserables que se aprovechan de la desgracia ajena. Pero la crisis sanitaria aún no ha terminado. Lo que nos quedará por ver. Para bien y para mal.