UN MINUTO MIO

Jesús Quijano

Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Valladolid


Comunicarse

27/04/2020

Seguro estoy de que nunca jamás, a lo largo de nuestra vida anterior, habremos manejado tanto estos instrumentos de comunicación que la tecnología moderna ha puesto en nuestras manos, como lo estamos haciendo en estos días de confinamiento. No hay vez que uno mire de reojo al teléfono que no tenga acumulados no sé cuántos mensajes de la más variada naturaleza. También creo que ésta será una de las señas de identidad de esta etapa que estamos pasando, porque, cuando haya pasado, nos quedará este recuerdo, junto con muchos otros que lo que está ocurriendo grabará en nuestra memoria para siempre. Recordaremos versos, canciones, chistes, fotos, videos, tantas y tantas cosas como han entretenido nuestro encierro. Y habrá de todo: cosas que nos alegraron, que nos entristecieron, que nos emocionaros, que nos divirtieron, o que nos cabrearon. Algunas las evocaremos con nostalgia, ojalá que la mayoría; otras quizá las repeleremos con desagrado, porque también hay cosas que no nos apetecerá rememorar.

En fin, que no sé si esta práctica continua de comunicarnos así no terminará por habituarnos de tal manera que luego nos cueste retornar a las formas habituales de tomar contacto los unos con los otros. De vez en cuando en estos días he pensado como sería el confinamiento en otras epidemias ya lejanas en el tiempo. En la peste de 1918, sin ir más lejos, un siglo atrás. Sin móviles, ni wasap, ni mail, ni redes sociales, ni televisión, ni siquiera radio. Sólo gente, ni más ni menos, sin otra forma de comunicarse que su propia voz, necesitados de hablar, de saber algo de lo que estaría pasando un poco más allá de su casa o de su pueblo. Y no es fácil hacerse a la idea.

Así que empiezo a tener esta duda para el día después: es posible que el primer día que podamos circular libremente, y encontrarnos, y hablar los unos con los otros, tengamos tanto relato acumulado que nuestro ámbito vital se llene de monólogos, conversaciones y griterío, todos a la vez, pugnando por hacerse escuchar; también es posible que no soltemos el teléfono de la mano, y nos cueste expresarnos, hasta encontrarnos raros y poco comunicativos verbalmente. Curiosa situación; pero malo sería que nos hayamos hecho tan dependientes de esos medios de comunicación a distancia, que no reconozcamos el medio natural más humano, que no es otro que nuestra propia voz y nuestro propio gesto. Vayamos practicando, ahora que tenemos tiempo.



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