Cariátide

Laura Álvaro

Profesora


Educación feminista

Fue un 8 de marzo cuando escuché por primera vez una consigna que, desde aquel momento, hice mía: «La profe, luchando, también está enseñando». Y es que si hay algo que he tenido claro desde mis inicios como docente es que los educadores no solo debemos transferir conocimientos. Nuestra tarea va más allá, mucho más allá diría yo. Debemos transmitir valores, despertar el espíritu crítico; en resumen, formar a la ciudadanía del futuro, una ciudadanía consciente, justa, verdadera moneda de cambio hacia un mundo mejor. 
Es por ello que considero que tratar el 25N en las aulas es mi obligación. Creo necesario que mis estudiantes comprendan la necesidad de esta efeméride, cuáles son los motivos por los que mujeres y hombres llenaron las calles de España el pasado lunes, y cómo podemos lograr la fundamental evolución hacia una sociedad igualitaria. 
Sin embargo, creo que la formación en feminismo se queda corta cuando nos limitamos a la realización de actividades en fechas concretas. Aunque simbólico, se queda en algo puntual que no produce el efecto deseado, más allá de una concienciación esporádica. Considero que, si realmente queremos educar en igualdad, el trabajo debe de ser constante, diario, y comenzando por revisar el material que usamos para enseñar
Me refiero al currículum oculto. El año pasado realicé una actividad con mi alumnado de sexto de primaria, a modo de investigación sociológica: en pequeños grupos, fueron encuestando a miembros de la comunidad educativa en referencia a seis personalidades destacadas en varios ámbitos (artistas, políticos, activistas, etc.), tres de ellos hombres y otros tres mujeres. El resultado, aunque esperado, también resultó clarificador: los personajes masculinos fueron reconocidos en un porcentaje mucho mayor que las féminas. ¿Cuál es el motivo? Entre otras razones, es inevitable echarle parte de culpa a los libros de texto, y la manera en la que reproducen una visión de la realidad en la que lo masculino adquiere un mayor protagonismo que lo femenino. 
Hay otros factores que no controlamos desde la escuela, como los medios de comunicación. No podemos intervenir en el mensaje que transmiten, pero sí tenemos en nuestras manos darles las herramientas a nuestros alumnos y alumnas para que puedan consumirlos de forma crítica, analítica, convirtiéndose en los dueños de las ideas que acaban asumiendo como reales.
Las injusticias del mundo deben de ser compensadas desde la educación, y para ello se requiere una intervención integral, más profunda y radical que la celebración de los días de. Nosotros, los docentes, contamos con armas muy potentes que pueden ser usadas tanto para bien como para mal. Y para sacarles el máximo provecho, lo primero de todo es tomar conciencia de las desigualdades, o lo que en materia de género se conoce como ponerse las gafas violetas. Solo así, iniciándonos en una fase de reflexión y autoevaluación, podremos comenzar a limar todos estos aspectos que todavía transmiten estereotipos y roles de género. 
Es fundamental cuidar el fondo de nuestras lecciones, pero también la forma. Debemos plantearnos el material con el que impartimos nuestras clases y los mensajes que transmitimos. Algo tan inofensivo como un texto escolar, repetido infinidad de veces, se convierte en lo que Chimamanda Adichie define como «el peligro de la historia única».



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