Carmen Hernández

Periodista


Belenes

14/12/2019

Mi hermano y yo montábamos el belén en un rincón del comedor sobre un tablero forrado de papel de estraza que ponía mi padre sobre la mesita baja de la radio, desterrada a la cocina todas las navidades. Diseñábamos un paisaje de cerros, prados y arbolitos hechos con musgo, piedras y ramas secas previamente recolectadas en ‘el campillo’, la parte más alta del Calaverón que entonces era un terreno silvestre en cuesta hacia el cementerio; pegábamos en la pared una cartulina azul que era el cielo y, para el río, extendíamos, en fila, los papeles de plata de las chocolatinas Nestlé que habíamos estado guardando durante todo el año.Después,desenvolvíamos las figuras con cuidado. Cada hoja arrugada del ‘Hogar y Pueblo’ que caía al suelo dejaba ver a un viejo conocido: «Mira el leñador: ¿No se le ha caído el hacha?»… "¿Están todos los pastores?»… «¡Ahí va!. A San José se le ha roto un brazo y el Niño está partido por la mitad»… "No importa.Vamos a pegarlos».Por fin, colocábamos a cada uno en su sitio. Los Reyes Magos, siempre, lejos del portal para poder acercarlos, cada día, un poco más a su destino.
Pero no es fácil llegar a Belén como pude comprobar muchos años después cuando era corresponsal de RNE en Oriente Medio. El Gobierno de Israel ha rodeado la ciudad de muros y controles militares; de modo que tuve que añadir alambradas,vallas y torres de vigilancia al paisaje inicial. Incluí unas decenas de soldados del Playmobil, tanques y ametralladoras rodeando el pesebre y dispuse a todos los demás (pastores, tenderos, lavanderas y ángeles) haciendo cola para cruzar el check point.Opté por eliminar el río puesto que los asentamientos judíos tienen el control del agua y la reparten a cuentagotas en los territorios palestinos ocupados y, además, retiré la mayor parte de los árboles porque el Ejército hebreo tiene la costumbre de arrancar olivares enteros. En cuanto a San José y las demás figuras dañadas, era mejor dejarlas como estaban, como la vida misma. 



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