Carmen Hernández

Periodista


Limpieza general

Mi  padre nunca estuvo en el Valle de los Caídos. Decía que jamás pondría un pie en el símbolo de la victoria de la dictadura. Mi padre era republicano, simpatizante de Azaña y, por eso, lo encarcelaron en Zaragoza en el verano del 36. Cada noche, sacaban a unos cuantos compañeros de celda y los fusilaban hasta que un oficial franquista les dio una alternativa a los que quedaban: la Legión o el paredón. Así que mi padre se las arregló para conducir un camión del Tercio durante toda la guerra y no tener que disparar un tiro. Tuvimos suerte aunque mi tío Julián estuvo escondido en una alfombra enrollada del desván porque lo buscaban los falangistas. Era de la UGT. Otros no pudieron contarlo y fueron asesinados sólo por sus ideas muy lejos del frente.
En casa se hablaba poco de estos temas y sí mucho del derecho a opinar diferente y, sobre todo, de que lo importante era la persona por encima de sus preferencias políticas. De hecho, uno de los mejores amigos de mi padre fue, hasta su muerte, un empresario soriano afincado en Galicia, partidario del Movimiento, católico y de derechas de toda la vida, una gran persona. Sin embargo, el Valle de los Caídos es otra cosa: un monumento a quienes intentaron exterminar a todo aquel que no pensaba como ellos y, por eso, claro, Franco tenía que estar ahí como jefe de la banda. Y, por eso mismo, ese lugar tendría que haber desaparecido el mismo día en que España volvió a ser una democracia parlamentaria. Los sucesivos gobiernos de UCD, PSOE y PP tendrían que explicar por qué no lo hicieron a su debido tiempo en vez de llenarse la boca de loas a la Constitución y a las leyes del Estado de derecho. ¿Derechos? ¿Cómo le explicas a un chaval de 20 años que su abuelo no tiene tumba porque lo tiraron a una cuneta después de matarlo los mismos que levantaron ese mausoleo revanchista y prepotente? El Valle de los Caídos solo es el primer paso.España necesita una buena limpieza general.



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