TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


El ascensor

Cuentan las crónicas parlamentarias que este viernes coincidieron en un ascensor del Congreso de los Diputados los líderes de Podemos, Pablo Iglesias, y de Vox, Santiago Abascal, presumiblemente protagonistas de futuras tardes (y mañanas) de gloria de confrontación parlamentaria. "Una cosa es tomar café con alguien y otra huir de un ascensor porque no quieres encontrarte con alguien", dijo, más o menos, Abascal, justificando el ascenso (¿o era descenso?) con el líder morado. Iglesias, a su vez, preguntó a Abascal por su cojera deportiva, le recomendó un fisioterapeuta, fuéronse y no hubo nada, excepto el chascarrillo que nos quedó a los chicos de la prensa, cansados de jornadas trascendentes y ávidos de anécdotas representativas. 
Claro que ese encuentro en las alturas (y en las bajuras) se producía en una jornada que, al menos para mí, era parlamentariamente triste: no hubo más consenso que el de los dirigentes de los extremos compartiendo el estrecho habitáculo de un ascensor, y sabiendo que micros y cámaras les esperaban para ver qué tal el efímero viaje, así que más valía comportarse. 
Para uno, que desde hace décadas alienta en vano la utopía del consenso, ayer, elevadores y descendedores al margen, fue un día aciago: hasta el final, y sabiendo que no ocurriría, alenté la esperanza de que PSOE y PP, Gobierno y oposición, llegasen a un pacto en torno a la presidencia del Congreso de los Diputados a cambio de una abstención de los populares en la investidura de Pedro Sánchez. Ana Pastor continuando en la presidencia de una Cámara Baja, que todos admiten que ha desempeñado con altura de miras y sentido de Estado, y Sánchez pudiendo, gracias al PP, gobernar solo y sin  ataduras ni mochilas de Podemos o/y de Esquerra Republicana de Catalunya. 
Un bello sueño que, como ya sabíamos que ocurriría, se desmoronaba muy pronto este viernes, al anunciar el PSOE que Meritxell Batet -nada que objetar al nombre, que conste- sería quien presidiese la Cámara Alta y Manuel Cruz, la Baja. Todo quedaba en casa y nada se dejaba al consenso futuro entre izquierda y derecha para emprender las grandes reformas que el país necesita. Eso sí, la portavoz gubernamental aún pedía a PP y Ciudadanos que, por patriotismo y sentido de Estado, se abstuviesen en la sesión de investidura de Pedro Sánchez: la ley del embudo. 
Oportunidad perdida en favor del entendimiento, en pro de ir debilitando el concepto de las dos Españas que con tanto cuidado han ido cimentando nuestras egoístas fuerzas partidarias. Así que, a falta de algo más sustancioso que comentar, a los chicos/as del cuarto poder nos queda la anécdota del ascensor, de donde dos políticos de programas, ideologías y aspiraciones incompatibles -sobre otras cuestiones habría mucho que hablar- lograron, suprema heroicidad, salir incólumes y hasta hablándose cordialmente. 
Hombre, de un viaje en ascensor han salido rupturas matrimoniales, noviazgos y dicen que hasta se ha engendrado algún niño/a, o al menos se pusieron los cimientos para ello. Iglesias y Abascal no llegaron a tanto, confío. Pero al menos queda demostrado que no hace falta reservar unos ascensores para unos y otros para otros. En sede parlamentaria al menos, digo.


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