LA COLUMNA

Aurelio Martín

Periodista


Todo es distinto

14/12/2020

Poco nos queda para adentramos de lleno en la semana navideña por excelencia que marca el soniquete de la música lotera con la imagen de los niños emocionados correteando por el escenario para que les certifiquen que acaban de dar el gordo, mientras en algún rincón de España se descorchará una botella de sidra o cava, incluso, y las televisiones darán fe de que estamos en este periodo tan entrañable para muchos e indiferente para muy pocos, aunque lo terminen reconociendo a regañadientes, y las radios seguirán repitiendo números y números con la emoción de que pueda llegar a quien realmente lo necesite, aunque quizá no haya podido ni siquiera alcanzar a comprar una participación. 
Es difícil dejar de un lado determinadas costumbres y tradiciones -aunque aquellos que reniegan y ansían poder cenar un huevo frito en Nochebuena y acostarse a las once, este año tendrán su oportunidad-, porque se nos han marcado a sangre y fuego hasta llegar al alma. Todo se traduce en la capacidad que tiene de revolucionar el corazón la mirada de un niño, inquieto, con las luces de colores de las estrellas y guirnaldas reflejadas en sus ojos, desbordante de inocencia, esperando el paso de la cabalgata con los Reyes Mayos, aún con esa sensación de estar percibiendo un mundo a su medida, que, desgraciadamente, irá comprobando que no lo es, poco a poco, hasta que forme parte de la imperfecta sociedad de gentes incapaces de aprender de los errores. 
Ahora todo será algo diferente, tiene que serlo, nos lo marca un virus que llegó sin avisar y se convirtió en pandemia arrasando las vidas de aquellos abuelos de lágrima fácil ante sus hijos y nietos, proyectando mentalmente la película con los momentos más recordados de su vida, en las cenas de estas fiestas, de madres dubitativas por conocer si habían acertado en el menú, después de tantas vueltas a la cabeza, año tras año, y discusiones antes del segundo plato, para alcanzar la reconciliación en el primer mazapán. 
Aparte de las medidas que marcan quienes aspiran a evitar que nos arrastre una tercera ola, van a faltar muchas personas en la mesa, miles, aquellas a las que ni siquiera se pudo apretar la mano en sus últimos suspiros, ya sin fuerza, ni acompañar en la despedida, en la versión más fría y cruda de la muerte, a la que le faltó el adiós. Estas noches que nos esperan también eran suyas, formando parte del grupo de los más pequeños en una fusión de generaciones en las que difícil era distinguir a cuál pertenecía cada uno. 
Ahora, desde el dolor, también de la emoción y la esperanza acostumbrémonos a vivir la diferencia, para evitar lo que nunca esperamos pero que se ha apoderado de mentes y destrozado a la humanidad, como lo hiciera en otros siglos. De momento tratemos de evitarlo y, por qué no, celebrémoslo doblemente en el 2021, por estas mismas fechas. Todo es distinto, como cada kilómetro del cielo que miraba Benedetti, aunque nos lo impida ver el trampantojo de aquello que nos evoca el calendario.



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