COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


Pedro Sánchez pierde

Al secretario general del PSOE, Pedro Sánchez le ha costado 700.000 votos, tres escaños, perder la mayoría absoluta en el Senado, cuatro meses de interinidad, la consolidación de Vox, depender de la abstención de ERC y aceptar un gobierno de coalición con Unidas Podemos con su líder, Pablo Iglesias, en la mesa del Consejo de Ministros comprender lo que los ciudadanos ya habían dicho el 28-A. En roman paladino, para este viaje no hacían falta alforjas y se habría ahorrado tiempo y dinero. Pedro Sánchez ha perdido todas las batallas que había planteado de cara a las nuevas elecciones. Al menos en esta ocasión ha entendido lo que han votado los ciudadanos, más inclinados a la izquierda que a la derecha.

Pedro Sánchez, en el acto de la firma del acuerdo de gobierno con Unidas Podemos ha realizado uno de los actos de cinismo político más evidentes de los últimos años en nuestro país. No por la firma del documento en sí, que era una de las consecuencia lógicas de los resultados de la últimas elecciones -PSOE ganador y bloque de la izquierda triunfante- sino por la rapidez con la que se ha alcanzado el pacto y por las justificaciones dadas para hacerlo en este momento, porque suponen una enmienda a la totalidad de sus intenciones y declaraciones de los últimos siete meses.

Se podrá decir que a Sánchez le ha faltado cortesía política por no haber esperado a hablar con otros partidos por si existía alguna otra alternativa para formar un gobierno estable. A la vista de las declaraciones iniciales de los dirigentes del Partido Popular, que negaba cualquier posibilidad de investirle como presidente del Gobierno, haber insistido por esa vía parecía un esfuerzo inútil de los que llevan a la melancolía. Ahora bien, un margen de espera quizá hubiera hecho que fructificaran las presiones que sin duda recibiría el PP para desbloquear la situación sin que los socialistas necesitaran de UP ni de los independentistas. Pero esa es tan solo una hipótesis de trabajo.

El problema que el pacto entre los dos partidos de izquierdas no resuelve es el de las mayorías necesarias para lograr la investidura al menos en la segunda votación. Los independentistas catalanes se mostraron dispuestos a favorecer la gobernabilidad antes de la sentencia del procés, de sus peores resultados, de las noticias que llegan de la justicia europea y del nuevo desafío al TC, ayer mismo. Albert Rivera basó su campaña en que facilitaría el desbloqueo pero ya no está.        

La efusividad de Pablo Iglesias en el abrazo con Sánchez era muestra de que se sentía el vencedor moral a pesar de haber obtenido peores resultados que el 28-A. La rapidez en la consecución del acuerdo viene dada porque ya estaba medio fraguado tras las negociaciones del acuerdo presupuestario de ambos partidos para este año, con la introducción de variables que UP consideraba esenciales. En correspondencia UP se compromete a tener en cuenta el equilibrio presupuestario y el control del gasto público.

Las líneas generales del acuerdo no se separan de lo que se espera de un gobierno progresista en cuanto a libertades, igualdad entre españoles y derechos sociales. Como es lógico el nuevo gobierno se regirá por los principios de cohesión, lealtad y solidaridad gubernamental. Queda por ver cómo se concreta esa lealtad en el expediente catalán, que ambos se comprometen a abordar mediante “fórmulas siempre dentro de la Constitución”. Pero hoy mismo los comunes se han abstenido al votar una moción de la CUP a favor de la autodeterminación, minutos antes de que les llegara la comunicación del TC ordenando pararla.



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