DE pequeño fumaba. Bueno, me ponía un cigarrillo en los labios y aguantaba a duras penas hasta que se consumía en unas cuantas caladas alternadas con alguna tos inevitable. A lo más que llegue es a poner pose de actor de Hollywood e incluso a hacer ceritos con el humo. Pero nunca me agradó el tabaco y seguro que más de uno se preguntará porqué lo consumía. Que Timoteo me perdone, pero él, mi padre, tuvo en parte la culpa. Me explico.
Cuando aún no se me pasaba por la cabeza, ni de lejos, esta afición, cada semana, con  regularidad y a menudo cada día, nos recordaba a mis hermanos y a mí, las consecuencias que tendría que nos pillara fumando o que alguien le informara de tal circunstancia. Los vecinos eran unos cotillas de cuidado. Tanta era la presión para que no fumara que iba creciendo en mí la típica rebeldía de adolescente, consistente sobre todo, en hacer aquello que te prohiben. Ya habíamos ensayado la rebelión yendo cada día a jugar a las orillas del Duero, lugar tabú donde los hubiera durante mis tiernos  diez o doce años.
No se trata de hacer un artículo con moraleja pero, por lo que parece, ese gusto por  la transgresión tiene mucho morbo y nos empuja inexorablemente a ignorar toda norma que se quieran imponer. Tengo el convencimiento de que, el pasado fin de semana, tiene mucho que ver con este fenómeno. Madrid se echó a la calle, o mejor dicho a la carretera, ante la inminencia de la imposición de restricciones de movimiento. Lo de menos era reflexionar sobre el evidente riesgo que, su presencia tendría en la pequeña provincia que colonizaron en coche, a pie, en autocaravanas o a lomos de bicicletas. El Cañón parecía el escenario de una multitudinaria marcha cicloturista organizada, con caldereta gratis al finalizar el trayecto.
Lo mismo se podría decir de los Navarros, que también abundaban y hoy están ‘perimetrados’.
Vaya por delante que quizá yo, en su lugar, hubiera pensado también en la huida, en aprovechar los últimos días de libertad a tope, pero no creo que eso los redima. No obstante, esperaré para emitir veredicto y sentencia a los datos que, ya en estos días, vayan apareciendo sobre la evolución de la pandemia. Será el momento de evaluar si ha merecido la pena un extraordinario puente para la hostelería o ha sido pan para hoy y hambre para mañana.
Este estallido,claro, ha tenido detonantes en las poltronas políticas, tanto en la Moncloa como en la Puerta del Sol. El caos y la vergonzosa diatriba, con juzgados de por medio sólo alimentó las ganas de salir, como las broncas preventivas de mi padre con los cigarrillos. Parecido, pero peor.