LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


El padrino

Remontarse a 1648 y a la Paz de Westfalia nos recuerda que no somos individuos ajenos al paso de la Historia. Los países mantienen una linealidad histórica que nos permite comprender de dónde vienen y a dónde se dirigen. Los diplomáticos otorgan mucha importancia a este tratado, porque supuso la aceptación española de la pluralidad religiosa. Los Estados cogieron forma y la ruptura de la Cristiandad se confirmó con la creación de Iglesias nacionales.

Desde un punto estratégico, supuso reconocer la incapacidad de las potencias católicas para imponer una unidad dogmática por la fuerza. El protestantismo desplegó tal tenacidad y brutal determinación que dejó exhaustos a los contendientes. Los historiadores suelen creer que los monarcas españoles carecían de la flexibilidad intelectual y pragmatismo que desplegaban los británicos y holandeses, sin juzgar por un segundo las tácticas aplicadas por ellos para desgastar a las fuerzas católicas. Para desgracia nuestra, los reyes nunca vieron el problema desde una perspectiva política sino desde una necesidad teológica y una responsabilidad moral. Curiosamente esas futuras iglesias nacionales tuvieron un desarrollo muy poco cristiano y ecuménico pero se descubriría un par de siglos más tarde.

Ya en el siglo XX el Concilio Vaticano II dio un salto más ambicioso y relevante al defender explícitamente la libertad religiosa. Entendía, con razón, que la dignidad humana y la voluntad de Dios excluían el uso de la violencia para imponer o estimular la Fe. El franquismo nunca se recuperó de esta ruptura al implicar que la Verdad no puede imponerse por la fuerza y que un sano laicismo es un principio básico del catolicismo. “Al César lo que es del César”. Para un creyente supone aceptar el error ajeno de un hecho cierto y entender que solo desde el ejemplo y la libertad individual se puede desarrollar un firme apostolado.

Los votantes, estimulados por la tecnología y azuzados por los medios y políticos, han olvidado todo lo dolorosamente aprendido en estos siglos. En política no existen verdades absolutas sino realidades cambiantes y opiniones subjetivas. Los ciudadanos deben ser conscientes de que el pragmatismo y el gradualismo son inherentes al servicio público. Los gobernantes se equivocan en sus actos con frecuencia al no ser una ciencia exacta y ser un arte complejo.

Sin embargo, los votantes demandan una pureza ideológica que se contradice con la esencia de la democracia, el gobierno de la mayoría sin atacar a la minoría discrepante. Una fina capa de intolerancia y dogmatismo adorna lo políticamente correcto.



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