DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Indignados paletos

Aquí hay cabreo. Así concluía mi anterior columna en vísperas de la manifestación convocada por el futuro de León. Ni un solo partido político, asociación vecinal o colectivo ciudadano, incluidos clubs deportivos y organizaciones empresariales, se había quedado fuera en los apoyos. Confieso, sin embargo, que muchos nos hemos visto sorprendidos por la magnitud y contundencia de la respuesta popular. La Policía Local cifraba la manifestación en cerca de 50.000 personas, a los que cabe sumar otras diez mil en Ponferrada y Villablino, referentes de la extinta producción minera.
La indignación por la alarmante pérdida de población en los últimos años, consecuencia de las menguantes oportunidades de empleo, era el motivo y reclamo fundamental de la protesta, pero en su éxito confluyeron varios factores: La iniciativa fue convocada por CCOO y UGT. Carecía así de sesgos partidistas. Ya se sabe que todo aquello que nace promovido por un partido político sistemáticamente es rechazado por los adversarios, siempre más pendientes del rédito electoral que del beneficio de los ciudadanos. La visita previa de la ministra Teresa Ribera contribuyó a crear expectación. Fue interpretada como el reconocimiento oficial a la obligación de articular medidas que mitiguen el efecto laboral devastador de la transición energética. En tercer lugar, la protesta agraria que recorre España abonó el ánimo para sumar tractores y campesinos. Y, sin duda, el hecho más determinante del éxito fue el sarpullido leonesista, cuyo virus ha sido avivado por el alcalde de León, el socialista José Antonio Diez, y que hoy rentabilizaría electoralmente la Unión del Pueblo Leonés.
El éxito también cabe ser medido por la atención que los medios de comunicación prestaron a la protesta en los días siguientes. No hubo tertuliano en España que no tuviera algo que decir sobre la despoblación de la España mesetaria. Como inestimable fue la aportación de la presidenta de Madrid, Isabel Ayuso, al calificar de paletos e inoperantes a los indignados, incluidos destacados cargos de su propio partido, por no ser capaces de retener empresas en esta tierra. 



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