Editorial

Urge una respuesta coordinada a una economía global que se ralentiza

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A la nueva directora general del Fondo Monetario Internacional (FMI), la búlgara Kristalina Georgieva, le hubiera gustado pronunciar un discurso bien distinto en vísperas de la reunión anual de este organismo, un mensaje que hablara de auge y de buenas perspectivas para la economía global, pero no ha podido ser. No le ha quedado más remedio que encender las alarmas y alertar de lo que se avecina, que no es otra cosa que una desaceleración sincronizada o una ralentización del crecimiento en el noventa por ciento del mundo, para que los países que tienen solvencia presupuestaria, caso de Alemania, Corea del Sur o Países Bajos, incrementen el gasto público en infraestructuras e I+D+i. Por contra, los que tienen una elevada relación deuda/PIB deberán mantener la moderación fiscal.
Y es que las guerra arancelarias y las tensiones comerciales existentes, sobre todo las que mantienen dos potencias del calibre de Estados Unidos y China, provoca a juicio de la responsable del Fondo Monetario un deterioro significativo de las manufacturas y de la inversión, además de conllevar el riesgo de que los servicios y el consumo se vean afectados. Menor producción, menor flujo de importaciones y exportaciones y menor consumo significa, automática, pérdida de tejido empresarial y destrucción de empleo. A esto último contribuyen también los cambios demográficos y la creciente automatización de los procesos productivos. Y si, para colmo, a lo dicho se le suman defectos estructurales en la economía de la mayoría de los países, será prácticamente imposible remontar esa desaceleración global o, al menos, hacerlo en un corto plazo de tiempo. 
Las cifras que baraja el FMI son harto preocupantes -pérdidas por un montante de 637.000 millones el año próximo- y el horizonte del riesgo lo sitúa en una generación, así que no queda otra que seguir la senda de los consejos que en ocasiones precedentes han dado resultado, como un buen plan de estímulos que impulse la demanda y el crecimiento, aunque si cada uno de los países no se aplica la receta y pone de su parte, reformando sus procesos productivos y flexibilizando su mercado laboral, de poco servirán otras medidas. La aplicación de nuevos aranceles, la pérdida de confianza en los mercados y el miedo a las repercusiones que pueda tener una abierta demostración de que se está a un lado o al otro de la guerra comercial internacional, junto con la fatiga que se detecta en economías como la española, de la que también ha alertado la OCDE, pintan los peores augurios 2019 y 2020. Una respuesta coordinada para potenciar el comercio y la demanda y acabar con las guerras arancelarias es urgente para poner freno a la recesión.


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